David Mejía

De manifiestos y fósiles

Estamos en un momento de deshielo semántico, donde determinadas voces han perdido todo significado; el lenguaje político ha perdido su naturaleza referencial y ha cedido al humo negro de la nada

Opinión

De manifiestos y fósiles
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David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

En un de sus mejores libros, Franco Moretti sugiere que la prosa de la novela del xix funciona como una suerte de resto arqueológico («restos fósiles») a partir de cuyo análisis pueden recuperarse los dilemas que aquella época encubría. De esta manera, los conflictos que describen las novelas no quedarían grabados sólo en el enjambre argumental, sino en las decisiones retóricas de sus autores. Jover Zamora reflexiona en una órbita parecida sobre la retórica política de la Restauración. En la Historia de España de Tuñón de Lara dice: «Las palabras ‘orden, realismo, pragmatismo, pacto, evolución…’ etc., se repiten una y otra vez, en las Cortes y en la Prensa. Se enfatizan las expresiones ‘paz’, ‘sosiego’, ‘prudencia’, como hermanas de ‘prosperidad económica’, ‘confianza financiera’». La conclusión de ambos es que para entender la cultura de una época no hay que atender en exclusiva a la literalidad de una enunciación, sino también a las palabras que la componen. Vuelta la mirada hacia nuestro presente político, donde los días transcurren intensos e inútiles, uno no puede evitar preguntarse cómo seremos leídos dentro de doscientos años: ¿cuáles serán los fósiles retóricos de nuestra época?

Me acordé de Moretti leyendo el manifiesto pomposamente titulado «Petición pública a favor de una negociación política sobre Cataluña». En él, los abajofirmantes habituales, piden «diálogo» para solucionar el «conflicto» «político» de «Cataluña». Se habla también de gobierno «progresista», de «desescalar [sic] la tensión», de «judicializar un conflicto político» o de «salidas políticas». He ahí los fósiles, ¿qué concluirán los historiadores que se asomen al yacimiento retórico que legaremoá? ¿Cómo interpretarán este uso torpe y melifluo de las palabras?

Estamos en un momento de deshielo semántico, donde determinadas voces han perdido todo significado; el lenguaje político ha perdido su naturaleza referencial y ha cedido al humo negro de la nada. Antes de pedir más «diálogo», quizá conviene entender que toda conversación pasa por homologar nuestro lenguaje. Algo que no sucederá, porque el objetivo principal de estos escritos es, precisamente, no decir nada. La neolengua tontiastuta se emplea como velo impermeable para lograr, efectivamente, no mojarse. Sus firmantes entran y salen del lodo del debate público sin mancharse, pero también sin reparar en que arrastran tras de sí el triste hedor de la inanidad.

Por fortuna, el ingenio humano se agudiza ante la adversidad, y el dichoso manifiesto le ha servido al conspicuo Arcadi Espada para crear un nuevo modo de resistencia que consiste en sacar a los listos de los manifiestos tontos: sorprendido ante la presencia de Steven Pinker entre los firmantes, procedió presto a avisarle de lo que había firmado, salvándole del severo juicio de futuros arqueólogos.

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