Paco Reyero

De pie y con aplomo

"El desasosiego es mundial, pero sobre todo es nuestro y se hace más grande por ello"

Opinión

De pie y con aplomo
Foto: Manu Fernandez

La pandemia es una oportunidad histórica para comprobar si vivimos entre chacales o entre gentiles, para saber hasta qué temperatura baja la sangre fría del vecino que niega los buenos días. No había ninguna necesidad de hacer estos descubrimientos. Vivimos en un mar de mentiras, dichas, en buena parte para el funcionamiento social acostumbrado. Pero, de repente, ha surgido este turning point inapelable.

Recuerdo -ahora que nuestro eficaz universo social de hipocresías se desajusta-, a Christine Lagarde (FMI, Frío Mundial Inyectado) hablando del socavón de la crisis económica de 2008. Entonces, entre lobos de Wall Street y cazadores de fondos, la señora Lagarde dejaba una frase lapidaria: “Un tsunami se aproxima y ustedes se preocupan por el color del bañador”.

La palabra tsunami está, como la ‘a’ del ordenador, demasiado aporreada.

El desasosiego es mundial, pero sobre todo es nuestro y se hace más grande por ello: las guerras, las hambrunas, la violencia industrial, las desgracias ajenas empequeñecían de tan lejos que sucedían.

El virus ha ignorado las fronteras de campanario y hoy es objeto de viñeta hasta el lazo amarillo de la solapa de Quim Torra, lazo al que Gallego y Rey han dibujado dos manos en sus extremos que se frotan histéricamente gel desinfectante.

Aún desconocemos si la semana acaba con el cierre de España o el cierre de España acaba con la semana. El martes, la presidenta del Congreso zanjó la Sesión de Control al Gobierno y ya ha prolongado la clausura al menos quince días más; el jueves, el ministro de Sanidad desconvocó su comparecencia en la Comisión de Sanidad y fue a tomarse la temperatura. Ya, sin burladeros retóricos ni burbujas de polémicas ni culpabilizaciones de baratillo político, la expansión tendrá como efecto secundario descubrir quién, y en qué medida, sirve para el puesto que ocupa o se ufana en ocupar. Es poco, se sabe, para el destrozo que causará, para el dolor que ronda los barrios y los hospitales.

Como decía un personaje de Camus, recluido contra su voluntad en circuntancias levemente analogas a las de este vecindario de debilidades y temores, “yo sigo mi moral” y “¿cuál es su moral?”, “mi moral es la comprensión”. La comprensión es lo primero que se despedaza, y sin embargo, es principal. “Atenas apestada y abonada por los pájaros, (…), la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste…”, se lee en la novela La Peste.

El futuro se está escribiendo a tirones, pero en este muelle hay que esperar, de pie y con aplomo.

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