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Foto: File Photo | Reuters

Aquel mayo de 1984 mi hermana y mi cuñado vinieron a pasar unos días a nuestra casa, cerca de Barcelona. La tarde del 27 dimos un largo paseo por la sierra litoral y regresamos a casa al atardecer satisfechos, agotados y hambrientos. Conectamos la televisión mecánicamente mientras poníamos la mesa y nos explotó de lleno la noticia: acababan de asesinar en Pamplona al hermano de mi cuñado. A las ocho y cuarto de la tarde, al poner en marcha su coche, estalló una bomba de cuatro o cinco quilos de Goma 2 colocada en los bajos de su vehículo. Tenía 54 años. Había nacido en Ochagavía y todos sus apellidos eran vascos.

Mi cuñado, paralizado por la emoción, no estaba en condiciones de conducir y los llevé yo a Pamplona.

Recuerdo bien aquel viaje: la noche escandalosamente estrellada, tristemente espectacular, y el silencio, profundo, intenso, que nos empequeñecía por la carretera desierta bajo la inmensidad de la bóveda celeste cuando atravesábamos los Monegros. Mi cuñado no dijo ni una palabra en todo el trayecto. Simplemente rezaba en silencio un rosario tras otro. Yo no podía acompañarlo porque tenía mi propia y contradictoria letanía rondándome en la cabeza: “nous cherchons notre passage / dans le ciel où rien ne luit”. El cielo que nos cubría estaba iluminado por mil señales, pero sólo daban forma a mi perplejidad.

No había ninguna cólera en mi cuñado o, al menos, yo no se la veía. Rezaba y en el silencio compacto de la noche a veces se insinuaba su siseo como un lamento.

Esos días pasados he vuelto a recordar aquel silencio que, para mí, es la voz de los familiares de las víctimas. Es el silencio de un mundo radicalmente opuesto al de la  desolación de la goma 2. Es un silencio que, ahora lo sé, anunciaba su olvido, que es la derrota inapelable.

La sangre narrada de las víctimas ni huele ni mancha. Es una sangre literaria y remota, como es matemática su muerte: un mero dato en una estadística. No trocea nuestra vida ni deja astillada nuestra biografía. Sólo es sangre auténtica en los muñones de los supervivientes y en las memorias abiertas de las viudas y de los huérfanos. Pensando en ellos doy, sinceramente, la bienvenida al silencio de las pistolas. Pero me parece que a los pistoleros desarmados les falta un gesto elemental de sinceridad: el reconocimiento de que el precio pagado por esta locura ha sido absurda y trágicamente excesivo. Los que arrastran de por vida el lastre de la ausencia de sus seres queridos se lo merecen. Pero se lo merecen, sobre todo, las generaciones futuras, precisamente porque, ya que no recordarán el nombre ni de las víctimas ni de los verdugos, deberían aprender de este desastre qué es el fanatismo.

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