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De tomatinas y batallas del vino

Hay que ver la subasta de los Hospices de Beaune, la gran ceremonia anual de los vinos de Borgoña, en un marco histórico que nos recuerda un milenio de viticultura y de artesanía bodeguera.

Hay que ver la subasta de los Hospices de Beaune, la gran ceremonia anual de los vinos de Borgoña, en un marco histórico que nos recuerda un milenio de viticultura y de artesanía bodeguera. Hay que ver las coloridas vestimentas medievales de la Jurade de Saint-Émilion, asociación creada en 1199 para asegurar la calidad de los vinos de aquella reputada región de la margen derecha de la Gironda, junto a Burdeos. Hay que ver la California State Fair de Sacramento, donde ante la atención respetuosa de miles de visitantes un jurado de expertos estudia minuciosamente las muestras de los mejores tomates del Estado para atribuir a unas pocas la preciada medalla de oro…

Hay que ver la Tomatina de Buñol para contemplar a miles de personas lanzándose a la cara toneladas de tomates. Hay que ver la Batalla del Vino de Haro para asistir, atónitos, al desperdicio de miles de litros de vino tinto que se lanzan unos a otros en una orgía de líquido rojo que, como en el pueblo valenciano, tiñe las calles de ese color. Y son ‘fiestas de interés nacional’ que, además, han sido exportadas a Estados Unidos por personas de origen hispano.

No hay nada intrínsecamente dañino en esos festejos españoles, salvo el desperdicio que implican, pero son sintomáticos de la actitud de menosprecio y chufla que en nuestro país rodea el mundo agrícola y su producción. Cuando hay orgullo por un producto, ya sea elaborado por el hombre como el vino o criado en la tierra bajo su supervisión como el tomate, las fiestas son para enaltecerlo, no para tirárselo a la cara. Es una anécdota, pero una anécdota que deja bien clara la diferencia de actitudes ante la tradición y la calidad, y por qué los vinos franceses o los tomates italianos tienen prestigio y los nuestros, francamente, mucho menos.

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