Jordi Bernal

¿De verdad nos los merecemos?

"El espectáculo alcanza cotas vergonzosas cuando sus intérpretes no se caracterizan precisamente por la excelencia intelectual"""

Opinión

¿De verdad nos los merecemos?
Foto: La Moncloa
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

Me niego a pensar que tenemos los políticos que nos merecemos. Vamos, al menos los que yo me merezco ya que dejé de votarlos hace tiempo con la ingenua esperanza de que algún día aparecerá una opción política a la que, a diferencia de inquietantes evangelistas que pretenden salvarme de una vida perversa, no darle con la puerta en las narices. Parece como si al igual que en la fábula del escorpión y la rana, no pudieran evitarlo. Y así en los momentos difíciles que requieren templanza y valor (supuestamente aquellos momentos que todo político de fuste y raza ambiciona) les invade un extraño miedo a encararse con los problemas básicos y encontrar las soluciones idóneas. En lugar de eso, como se pudo comprobar por enésima vez la semana pasada, optan por el tuiteo salvaje, el troleo desembozado y el haterismo chulesco de piano bar.

Sabemos de la alta dosis de teatro que contiene la política parlamentaria. Sin embargo, el espectáculo alcanza cotas vergonzosas cuando sus intérpretes no se caracterizan precisamente por la excelencia intelectual. Pablo Iglesias se llevó su buen merecido (su pronto zasca para decirlo con onomatopeya millennial) por su pueril insistencia en el vocativo nobiliario, aunque, por otra parte, ya cansa la soporífera retahíla de historietas a lo Pío Moa de las bancadas retroliberales.

Ayer tuvimos noticia del vídeo filtrado de la ministra del ramo, con su lenguaje entre choni y cayetano, del que se desprende que la manifa empoderada del pasado marzo fue muchas cosas menos una buena idea. Podríamos darles la razón a los escuadrones digitales de la podemia cuando critican que el ruido mediático pretende silenciar el anuncio de una medida social tan trascendente como es el ingreso mínimo (veremos en qué acaba la cosa), si no fuera porque ellos viven instalados en el mismo ruido nocivo. De hecho, son unos hachas subiendo decibelios.

Yo no me los merezco, ya digo. Es más: tal y como está el panorama, me jode mucho tener que contribuir a su ingreso máximo.

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