José Carlos Rodríguez

Debatir con etiquetas

Si hay algo que caracteriza a nuestra cultura es el debate. Incluso cuando ha estado cercenado o condicionado, incluso cuando ha caminado por estrechos caminos, el debate ha ido ensanchando su propio espacio. Lo indudable, lo establecido, ha perdido su status, y ha dejado de imponerse como el contorno infranqueable de lo debatible. Bien está.

Opinión

Debatir con etiquetas
Foto: John Minchillo
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

Si hay algo que caracteriza a nuestra cultura es el debate. Incluso cuando ha estado cercenado o condicionado, incluso cuando ha caminado por estrechos caminos, el debate ha ido ensanchando su propio espacio. Lo indudable, lo establecido, ha perdido su status, y ha dejado de imponerse como el contorno infranqueable de lo debatible. Bien está.

Bien está también que las formas del debate hayan cambiado también con el tiempo. El principal objeto que sostiene las ideas no ha perdido su eficacia; el libro llega a este siglo en plena forma, pero le ha cedido el menudeo del debate a los medios. Aquí, la unidad mínima de comunicación, la molécula del debate, han sido las declaraciones, las frases cargadas de significado, que sugieren más de lo que dicen. Máxima efectividad, con una gran economía de palabras.

Ahora, con las redes sociales, la unidad de comunicación se ha reducido aún más, como si a esa molécula le hubiésemos desmembrado, y sólo quedasen protones y electrones sueltos. Los hashtag, o etiquetas, muchas veces no son ni siquiera una frase; a veces ni un sintagma nominal. #MeToo, por ejemplo, no quiere decir nada. Y sólo el propio contexto de la campaña le otorga un contenido más o menos preciso. #MeNext, como el ejemplo anterior, no transmite nada por sí solo. Y sólo la maquinaria detrás de la campaña puede conferirle un significado.

Lo que sugiere esa yuxtaposición de palabras, yo y siguiente en inglés, es que cualquiera de nosotros puede ser el siguiente en ser víctima de un tiroteo. El contexto es el de los Estados Unidos, y la campaña pretende limitar el derecho de sus ciudadanos a poseer y portar armas; un derecho esculpido en la Constitución de aquél país.

Resulta portentosa la capacidad de sólo dos palabras de darle fuerza a una posición política como esa. Pero a base de sacrificar el significado a la efectividad de una campaña, a base de reducir la unidad de comunicación en aras de la economía, hemos perdido calidad en el debate. Y ya no le salvará colgarse del hashtag #MeNext.

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