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¿Deberes de verano?

Foto: Morteza Nikoubazl | Reuters

De todos los argumentos que tradicionalmente se dan en contra de los deberes de verano, ninguno me resulta más sorprendente que el social. Prohibir el refuerzo intelectual durante las vacaciones escolares serviría para reducir la brecha social entre los que leen y los que no, entre los que acuden a museos o a conciertos y los que prefieren quedarse en casa viendo la tele, entre los que aprovecharían estos meses para conversar en inglés con algún nativo o para reforzar la habilidad en cálculo mental y los que prefieren la provinciana inmediatez de lo ya sabido. Efectivamente, en palabras del ensayista David Brooks, la escuela “constituye una máquina de selección social”; pero, aún más diría, es el campo natural de la responsabilidad. La ciencia ha documentado el efecto conocido como summer learning loss,  según el cual –debido a la falta de estímulos veraniegos– las habilidades adquiridas por los niños en matemáticas y lenguaje retroceden entre dos y tres meses de media.

 

El desprestigio actual de los conocimientos y del saber, sustituidos por conceptos tan vaporosos como creatividad o competencias, o teorías tan manifiestamente endebles como ese cul-de-sac de las inteligencias múltiples, no ayudan a recuperar el mínimo de cordura necesario para un debate que no se debería aplazar. Si los teólogos anglicanos invocaron una “vía media” para atajar el extremismo doctrinal que ellos percibían entre católicos y reformados, se podría apelar ahora a un camino intermedio entre el ocio estéril y los deberes agobiantes. Hay opciones muy sencillas como la lectura reposada de la mejor literatura infantil y juvenil, que permite ampliar horizontes y vivir otras vidas, algunas mejores y otras peores que las nuestras. Decía Flaubert que, de la lectura de los clásicos, siempre queda algo en nosotros. Yo, como isleño, añadiría un verso memorable del poeta Derek Walcott: “Amar un horizonte es insularidad”. Se trata de lo contrario del provincianismo, que sólo se reconoce en su condición insular, pero no en el destino homérico que nos invita a desear lo desconocido. Y una reivindicación, claro está, de los veranos no desaprovechados.

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