José García Domínguez

¿Deberíamos llorar por Deliveroo?

«Deliveroo, entre otros muchos de su estilo, no es más que hipercutrez distópica disimulada tras una muy vulgar aplicación informática de medio pelo»

Opinión

¿Deberíamos llorar por Deliveroo?
Foto: PHIL NOBLE| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Ocurrió hace un par de veranos, poco antes de la irrupción en escena del virus, y sirvió para que la ciudad descubriese con horror el Tercer Mundo que sus habitantes de toda la vida tienen ahora alojado a solo unas cuantas paradas de metro de las puertas de sus casas. Pasó en una destartalada casucha de planta baja de la Barceloneta, el antiguo barrio de los pescadores locales, hoy transformado en una de las zonas de Barcelona más degradadas por el turismo de bermudas, ginebra barata de supermercado, griterío y borrachera. Cuatro de los siete paquistaníes que dormían sobre colchonetas en aquel espacio de apenas cuarenta metros cuadrados lograron salvar la vida. Pero los otros tres quedaron atrapados dentro del local. Murieron abrasados por las llamas. El fuego prendió tras sobrecargarse la red eléctrica a causa de que los ocupantes de la vivienda habían pinchado la corriente para recargar durante la noche las baterías de los triciclos con los que se ganan malamente la vida paseando a turistas por el puerto y las Ramblas. Es la paradoja de mi ciudad y de tantos otros grandes centros urbanos de Occidente, ahora globalizados: expulsan cada vez más a los relativamente pobres, la antigua clase media baja tradicional, por sus precios prohibitivos, pero atraen cada vez más a los absolutamente pobres, inmigrantes desesperados que se prestan de grado a subsistir en condiciones que serían por entero inaceptables para los autóctonos. Carne extracomunitaria de cañón.

Aquellos siete pakistaníes de la Barceloneta se dedicaban a los triciclos, pero muchos de sus compatriotas también instalados en la ciudad trabajan, si a eso se le puede llamar trabajo sin pervertir la dignidad del vocablo, repartiendo pizzas en una bicicleta a cuenta de Deliveroo, esa plataforma que acaba de anunciar que, antes de contratarlos y pagarles un sueldo decente, prefiere marcharse de España a toda prisa. Un submundo laboral sórdido, el alumbrado por Deliveroo, entre otros, que además ejerce un efecto llamada a la inmigración ilegal por la vía de facilitar que indocumentados sin permiso de trabajo acaben incorporándose a su red merced a chanchullos entre los propios repartidores, que les subarriendan sus cuentas de la empresa. En ese campo abonado para los nuevos negreros del siglo XXI, el de las plataformas virtuales orientadas a la distribución comercial, hay una confusión de origen que dificulta la comprensión de su genuina naturaleza. Y es que tiende a meterse en un mismo saco, el de la ultramodernidad hipertecnificada, a modelos de empresa antagónicos. Porque Amazon o Spotify sí resultan ser hipermodernidad deslumbrante. Pero Deliveroo, entre otros muchos de su estilo, no es más que hipercutrez distópica disimulada tras una muy vulgar aplicación informática de medio pelo. Detrás de Amazon, nos guste o no su política laboral, hay un esfuerzo descomunal de ingeniería y creatividad tecnológica llamada a revolucionar la logística mundial. Detrás de Deliveroo, en cambio, no hay nada, absolutamente nada, solo un pobre pakistaní sin papeles montado en una bicicleta y dispuesto a trabajar de sol a sol a cambio de cuatro perras.

Amazon aporta algo positivo a la humanidad porque, gracias a su inventiva, ahora se requiere un esfuerzo colectivo sensiblemente menor para lograr el objetivo social de que los productos que fabrican las empresas lleguen cuanto antes a sus consumidores finales. Pero esos pretenciosos chiringuitos pseudo tecnológicos como Deliveroo lo único que aportan a la colectividad es una senda de retorno a las relaciones laborales del siglo XIX; más en concreto, a las propias de los primeros tiempos de la Revolución Industrial. Porque Deliveroo solo crea empleos en Pakistán – y en República Dominicana, Venezuela, Ecuador, Rumanía o el Magreb- pagados con sueldos de Pakistán – y de República Dominicana, Venezuela, Ecuador, Rumanía o del Magreb-, trabajos para Pakistán con sueldos de Pakistán que, eso sí, incluyen circular durante todo el día en bicicleta por los cascos urbanos de Madrid o de Barcelona. Sueldos del Tercer Mundo gracias a explotados del Tercer Mundo que terminan reproduciendo hábitats propios del Tercer Mundo a solo tres paradas de metro de la Plaza de Cataluña o de la Puerta del Sol. Y que todavía haya plañideras secándose las lágrimas por la irreparable pérdida  de Deliveroo.

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