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Decadencia del crimen perfecto

Matar por haber matado: el tópico no es extraño a cierta literatura sobre psicópatas y estetas, si bien rara vez encuentra ejemplos confesos en eso que llamamos “vida real”. Recordemos los célebres versos de Folsom Prison Blues, donde Johny Cash pone voz a un preso que explica así las razones de su encarcelamiento: “Maté a un hombre en Reno / Sólo por verlo morir”. En un registro más sofisticado, la muerte sin razón aparente ha sido también considerada materia prima del crimen perfecto. Así razonaban Henry Travers y Hume Cronyn en la magnífica escena de La sombra de una duda en la que dos vecinos de la apacible Norteamérica suburbial discuten sobre el tema, sin saber que el recién llegado tío Charlie -que se aloja en la casa de al lado- es un perfecto asesino. De hecho, Hitchcock exploró directamente esta hipótesis en La soga, donde unos estudiantes matan a un compañero de clase sin otra razón que demostrar que nadie los descubriría.

Manuel Foffo y Marco Prato, sin embargo, son el antónimo del asesino metódico y frío descrito por el cineasta británico. Se parecen más al psicópata de esas narraciones posmodernas que describen un mundo deshumanizado, banal, donde el aburrimiento sólo puede curarse a través de experiencias chocantes que implican la violación de las normas más básicas de la sociedad civilizada: montando un club de la lucha o matando a diestro y siniestro. Que Foffo y Prato fueran hijos de la clase acaudalada testimonia el spleen del niño mimado que no sabe ya qué hacer para entretenerse. Su tatuaje, en cambio, expresa la decadencia estética de la plutocracia y confirma la impresión de un crimen banal: el asesinato de la desafortunada víctima es antes el producto de un estilo de vida juvenil que el resultado de un cálculo intelectual.

No haremos del caso una categoría; menos aún, el símbolo de una época cuya criminalidad no deja de reducirse según las últimas estadísticas. Pero reparemos en que quien no encuentra una causa por la que matar puede matar por aburrimiento. Y es que nada es más peligroso que el aburrimiento.

 

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