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Foto: Fernando Alvarado | EFE

El debate sobre el “lenguaje inclusivo” está dando de qué hablar y eso ya nos dice algo. A todos nos gusta meter baza en las lizas lingüísticas, porque la lengua es bien común y solidario del que nos sentimos corresponsables. ¿Quién no tiene experiencia de corregir y ser corregido en su verbo, de contender con familiares y amigos, en trifulquillas de sobremesa, sobre la manera correcta de decir tal o cual palabra? La pulcritud en el uso de la lengua, duramente conquistada durante la infancia, es algo que nos infunde orgullo, y de ahí la pasión que suscitan y suscitarán siempre las polémicas del diccionario.

Un amigo filólogo, perito en los arcanos de la lengua, me explica que, en indoeuropeo, lejana semilla del castellano, la categoría gramatical de género tiene una relación con la condición sexuada de menos del 1 por 1000. Esto es, salvo en casos de seres animados con sexo biológico, las palabras caen en un género u otro de manera arbitraria, a través de un sistema de sufijos. Sufijos que, si son muy antiguos, aún son comunes a las lenguas germanas, eslavas y grecorromanas. Pregunta mi amigo: ¿Por qué decimos “gallina” y no “galla”? Responde: Porque el latín aún conserva el sufijo -in para denotar género: gallus-gallina; en germánico todavía es la flexión habitual para el femenino; así, en alemán, el par morfológico Lehrer-Lehrerin (profesor/profesora). “Flor”, en latín, es masculino; “doncella” (Mädchen), en alemán, es neutro. Porque acaba en -chen.

Pero me dejo llevar por eso que Ferlosio llama “el veneno de la gramática”. Lo que quería decir es que las feministas tienen razón cuando sugieren que algunos usos de la lengua son sexistas. Pero sexista será el uso, no la lengua, en cuya urdimbre morfosintáctica ningún hombre tuvo arte ni parte. A tal punto no hay relación unívoca entre lengua y sociedad que lenguas que no marcan el género de las palabras (y que por tanto son inclusivas en el sentido deseado por el feminismo) se corresponden con culturas que son mucho más machistas que la nuestra.

No es difícil, haciendo uso de la amplia gama disponible en castellano de nombres epicenos y comunes, neutralizar buena parte de nuestros usos verbales. Yo nunca digo “mujer” donde puedo decir “cónyuge” o “pareja”. Se evita meter la pata y, a veces, hasta el estilo sale ganando. Pero estoy de acuerdo con quienes creen fastidiosa e inviable la práctica de doblar los sustantivos por género, que es la única forma que tendríamos de referirnos a los colectivos mixtos, si no queremos dar por bueno el uso no marcado, o genérico, del masculino. Presumir que la ley de economía del lenguaje (el hablante siempre escoge el camino más corto) es una artimaña patriarcal para invisibilizar a la mujer me parece presumir demasiado.

Donde todavía se da, la discriminación contra la mujer es un dato de la vida, no de la lengua. Ahora que estamos cerca de alcanzar la igualdad en la vida –en las prácticas sociales, en las mentalidades también–, resulta extraño que insistamos en marcar las diferencias en la lengua. En realidad, el debate en torno al lenguaje inclusivo es una manifestación más de la paradoja de lo singular y lo común. Todos somos singulares. Y al mismo tiempo sólo podemos entendernos y fundar una comunidad si damos prioridad a cuanto de típico y genérico hay en nosotros. Hay un “nosotros” esencial, núcleo de toda ciudadanía, que la fórmula “nosotros y nosotras” deja sin decir.

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