Ricardo Dudda

Decirlo es serlo

En El joven Marx, la nueva película de Raoul Peck (I am your negro), unos jóvenes Marx y Engels intentan revitalizar el movimiento anarquista y socialista y hacerlo más científico y materialista. Es una película lamentable, llena de clichés, que consigue convertir a cualquier espectador medianamente leído en un defensor del neoliberalismo.

Opinión

Decirlo es serlo
Foto: Neue Visionen Filmverleih
Ricardo Dudda

Ricardo Dudda

Periodista y miembro de la redacción de Letras Libres, columnista en El País y autor de "La verdad de la tribu". La corrección política y sus enemigos.

En El joven Marx, la nueva película de Raoul Peck (I am your negro), unos jóvenes Marx y Engels intentan revitalizar el movimiento anarquista y socialista y hacerlo más científico y materialista. Es una película lamentable, llena de clichés, que consigue convertir a cualquier espectador medianamente leído en un defensor del neoliberalismo. Peck asume que Engels y Marx están renovando el pensamiento socialista con ideas radicales, pero lo único que hacen en su película es decir que son, eso, radicales:  en discursos épicos, efectistas, pastelosos, que dejan aquí y allá palabras complejas para quedar sofisticados. Peck no explica qué es lo que desean hacer, solo los dibuja (o desdibuja) como incomprendidos, idealistas, soñadores, contrarians, como cualquier personaje rebelde hollywoodense que lucha contra el statu quo. Al decir que son revolucionarios, se convierten en revolucionarios. ¡Decirlo es serlo! Es una consigna contemporánea. Lo que importa en la ideología es la autodenominación y etiquetación, no los actos, las ideas. Por eso se dan casos sorprendentes y frustrantes: uno puede enumerar sus convicciones y valores y no ser nada hasta no utilizar una etiqueta. Y por eso hay votantes que votan a partidos en contra de su ideología. Han asumido e interiorizado que es su partido.

Esto tiene como consecuencia un peligro inintencionado de la política desideologizada: paradójicamente, parece que cuanto más ideologizados están los partidos, más votamos por convicciones. Si un partido me ofrece una serie de medidas sin ideología, sin aparente ideología, me fío de él por motivos que van más allá de las ideas: siglas, marketing, etc.

Es una hipótesis, posiblemente matizable con encuestas y datos, pero responde a una época en la que la adhesión ideológica consiste exclusivamente en etiquetarse a uno mismo.

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