Joseba Louzao

En defensa de las notas al pie

Hace unos días leía en el periódico un ataque, como de pasada, a las notas a pie de página con el ostentoso título de “La novela acude al rescate de la Historia de España”. El artículo recogía la opinión de un novelista que consideraba que los trabajos de los académicos tienen “más pies de página que texto”. Lo destacaba como si las notas fueran algo de origen diabólico. No es una opinión minoritaria. Ni mucho menos. Las embestidas contra los pies de páginas son constantes, aunque estos hayan salvado la civilización en unas cuantas ocasiones. Anthony Grafton en su ensayo Los orígenes trágicos de la erudición. Breve tratado sobre la nota al pie de página (Fondo de Cultura Económica) lo explica de una manera sencilla. Las notas son, como los retretes, guardianas de la discreción. Él no lo escribió así, pero nunca mostrarás el retrete a tus invitados en un recorrido por tu casa. Sin embargo, al final, todos tendemos a visitarlo.

Opinión

En defensa de las notas al pie
Foto: Aaron Burden
Joseba Louzao

Joseba Louzao

Historiador especializado en el mundo contemporáneo y profesor universitario. Bilbao, 1983.

Hace unos días leía en el periódico un ataque, como de pasada, a las notas a pie de página con el ostentoso título de “La novela acude al rescate de la Historia de España”. El artículo recogía la opinión de un novelista que consideraba que los trabajos de los académicos tienen “más pies de página que texto”. Lo destacaba como si las notas fueran algo de origen diabólico. No es una opinión minoritaria. Ni mucho menos. Las embestidas contra los pies de páginas son constantes, aunque estos hayan salvado la civilización en unas cuantas ocasiones. Anthony Grafton en su ensayo Los orígenes trágicos de la erudición. Breve tratado sobre la nota al pie de página (Fondo de Cultura Económica) lo explica de una manera sencilla. Las notas son, como los retretes, guardianas de la discreción. Él no lo escribió así, pero nunca mostrarás el retrete a tus invitados en un recorrido por tu casa. Sin embargo, al final, todos tendemos a visitarlo.

Con las notas nos sucede lo mismo. Por esa razón, disgustan a una mayoría silenciosa de periodistas, inquietan a los editores precavidos, no entran en la balanza evaluadora de la ANECA o pillan en fuera de juego a nuestros políticos y sus asesores. Probablemente nunca serán lo más atractivo que puedas revelar a los lectores, aunque todo pase por ellas. Ya sea para hablar del pasado, de políticas públicas o de la estrella de Tabby. Las notas nos ayudan a dialogar y nos abren a la complejidad. Nos permiten reconocernos en la conversación pública. Sin ellas todo se resumiría en aburridos y tramposos monólogos para consumo auto-afirmativo. Y eso es lo que pretenden sus principales enemigos. Por suerte o por desgracia, no hay una sola interpretación de la realidad. Ni tampoco la habrá. Considerar que eso es posible permite fulminar cualquier intento de buscar la verdad. Las notas son peligrosas en la era de la desinformación porque intentan ser el testimonio esencial de todas las evidencias que sustentan nuestras afirmaciones. Si se usan bien son, además, el espacio apropiado para el debate y la profundidad. Porque todo aquel que se acerque a ellas tiene la autonomía suficiente para revisar el recorrido hecho y, por qué no, para alcanzar conclusiones diferentes. También, aunque suene paradójico, restan importancia a los argumentos de autoridad. Ya lo saben: aquello de Agamenón y su porquero.

El retrete y las notas no entrarán en una lista de los mejores inventos humanos, sin embargo, no deberíamos prescindir jamás de estos dos logros. Quizá haya sido demasiado hiperbólico al inicio. Las notas no han salvado la civilización, pero sí que nos ayudarán a batallar contra los retos sociales y políticos a los que nos enfrentamos. Hay quien seguirá prefiriendo los fuegos artificiales por más fatuos que estos sean. En cambio, las notas son más cotidianas y rutinarias. Despliegan lo que leemos y, en el fondo, lo que somos. Nos ofrecen, y no es poco, un espacio de libertad.

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