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Dejad el móvil

"A pesar de todo, insisto: ¡dejad el móvil!, ¡dejad el móvil! ¿Por qué? Porque ya no se trata de aprovechar el tiempo, sino de salvaguardar nuestros derechos"

Foto: Manuel Bruque | EFE

Ingenuo como siempre, pensé que esta vez este artículo mío en contra del uso obseso del móvil —el móvil que royendo está las horas, las horas que limando están los días de nuestro confinamiento— iba a ser por fin un éxito viral. Pero ¡cómo iba a serlo, alma de cántaro, si a la gente le había llegado por el móvil o en el ordenador y mi texto les creaba una consecuente mala conciencia! Y yo también compartía paradoja y reconcomio, porque había escrito un artículo contra las redes sociales y la pérdida de tiempo… ¡y estaba mirando todo el rato si funcionaba bien o no por las redes sociales!

A pesar de todo, insisto: ¡dejad el móvil!, ¡dejad el móvil! ¿Por qué? Porque ya no se trata de aprovechar el tiempo, sino de salvaguardar nuestros derechos. La geolocalización de cada ciudadano, que hubiese sido el sueño de cualquier tirano, resulta sencilla con nuestros teléfonos inteligentes y el Big Data y, además, parece la fórmula más eficaz médica y económicamente para luchar contra el coronavirus, como se ha demostrado en Corea del Sur. Nuestro Gobierno de progreso ya ha arbitrado los cauces legales que le dan cobertura y está afinando los técnicos. Cuando todos nuestros movimientos estén a disposición inmediata del poder, nos encontraremos en medio de esta frase de Omar Ramos: «Ya una distopia queda muy pequeña en esta sociedad nueva que se comienza a tejer. Apelar a Orwell es necesario pero se ha vuelto insuficiente. La pregunta sería: si se configura una sociedad orweliana, ¿qué hay más allá de ella?»

Un reto más de nuestra generación tendrá que ser contestar a esta pregunta. Yo, ingenuo como digo, oponía la socrática tesis de Julián Marías al incremento del control y las intromisiones en nuestra intimidad. El filósofo sostuvo que, manteniendo un comportamiento digno, ¿qué importaba que se nos conociese al dedillo? Pero esa línea de defensa se me ha venido abajo estrepitosamente estos días. Nada me da menos vergüenza que asistir a misa; y, sin embargo, ese derecho fundamental a la práctica de la propia creencia ha sido cercenado entre unos y otros y, sobre todo, discutido y asediado de un inquietante e inesperado reproche social. ¿Estaría ahora tranquilo si la geolocalización le sopla al Gobierno que me paso por un templo católico? ¿Y el resto de mis movimientos laicos? Piense usted mismo cuántas actividades, gastos y contactos de su vida cotidiana no le producen el más mínimo problema de conciencia, pero cada vez menos le convendría que fuesen de dominio público.

Tendremos, pues, que acostumbrarnos a apagar mucho el móvil y a dejarlo en casa, lo que quizá resulte provechoso, de paso, para nuestra concentración y aprovechamiento del tiempo.

Aunque tampoco nos engañemos o nos dejemos llevar del entusiasmo reaccionario: bienvenido sea el móvil si ayuda a luchar contra la pandemia y, además, lo necesitamos para muchísimas otras cosas placenteras, útiles y buenas. Por eso, todavía más importante que apagarlo de vez en cuando, será dar la batalla, que se ha vuelto fundamental y perentoria de golpe, por el Estado de Derecho. No es un tecnicismo de leguleyos y politólogos. Nos va la vida de ciudadanos (y la conveniencia de seguir utilizando nuestros móviles) en que los derechos individuales y sociales están muy sólidamente salvaguardados. Vivimos en un mundo en el que el Estado, que es quien tiene el deber principal de defenderlos, goza de crecientes facilidades para vulnerarlos.

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