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Dejad en paz a las lunas

Los satélites deberían ser para soñar. En las noches de luna, todavía guardamos cierta capacidad para dejarnos arrullar por la belleza. Tanta ciencia de hojalata se convierte en homicida de la poesía lunática

Es de noche, hace calor, se evapora el whisky. Por encima del perfil de Madrid aparece anaranjada la luna. A veces apetece viajar a la luna, como Cyrano, no como la NASA, que cuando llegaron allá los astronautas y sus cacharros tecnológicos la poesía murió un poco. Murió bastante. En realidad, la apuñalaron con trece apolos. Lo que resulta apetecible es la idea del de Bergerac: tumbarse sobre la arena de la playa después de tomar un baño nocturno, y que nada más tendernos la gravedad lunar nos eleve, y pasear por las estrellas mojados de mar y curiosos, como principitos de Saint-Exupéry. Pero imposible ni siquiera imaginar tanta belleza, que aunque lográsemos sumergirnos en tal ensoñación enseguida sonaría el teléfono o llegaría una multa. Seguramente el próximo que viaje a la luna será un millonario ruso que, por cierto, nadie ha explicado nunca porque Dios da pan a los que no tienen dientes, dinero a los rusos y diccionarios a los periodistas.

Pero volvamos a la luna, y a sus viajes, y a por qué tanta ciencia de hojalata se convierte en homicida de la poesía lunática, ahora que desde la NASA también conspiran contra la de Júpiter. La primera conclusión es que el progreso es malo siempre, aunque da cierta angustia escribirlo, sobre todo cuando se hace tecleando en un Mac, que es una de las cimas de la civilización. Puede que todavía cueste abandonarnos en brazos de la hipocresía, y es un error resistirse a ello, porque es atributo de la madurez, como las canas, y sólo tiene mala prensa porque la prensa en realidad es un invento progresista y nefasto.

Los satélites deberían ser para soñar, no para mandarles artefactos. Quizá porque de los tres enemigos del alma, el más difícil de vencer sea el mundo, y para que no nos aprese del todo quisiéramos abandonarlo ahora, en las noches de luna, cuando todavía guardamos cierta capacidad para dejarnos arrullar por la belleza.

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