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Del elogio al desnudo

Uno se pasma ante la inagotable capacidad de estupefacción que causa siempre la vuelta a las esencias. Como mínimo resulta entrañable el empeño con que la tiranía publicitaria -una que aqueja con tesón- persigue ese retorno a lo primario. En un calculado ejercicio de mercadotecnia, Pablo Iglesias, que tras tanta metáfora nupcial debió creerse en los zapatos del novio desolado, buscó consuelo en su compañero Xavier Domènech y le plantó un beso en los morros durante la sesión de investidura el pasado miércoles. Con ese volver a la piel los señores de Podemos, a pesar de lo que interpreta alguna prensa, no buscaban el asombro ante el afecto entre machos, sino la mofa de lo que ellos consideran una cámara de representación viciada de origen y cuyo remedio pasa por darle aspecto de teatro para facilitar así su posterior derribo.

La idea de que ‘la gente normal’ irrumpa en el Congreso para devolverle la decencia no se sostiene sin la lógica latente que distingue entre la pureza y la mancilla. Podemos considera un pecado la actual función del parlamento nacional y busca con sus gestos expelerse de la culpa que le acarrea formar parte de él. Dicho de otra manera, se purga del progreso porque lo que reclama es el retorno a algo no corrompido. Esa búsqueda de la pureza, por supuesto, tiene parangón. Basta con observar cómo una sociedad se culpa a sí misma de los crímenes que la acosan. Incluso en algo tan rutinario como salir a almorzar puede uno comprobar la proliferación de puestos de comida ecológica y de la tierra, impoluta, libre de contaminación.

Sucede que el razonamiento según el cual todo cuanto nos caracteriza como sociedad moderna y democrática está infectado por un mal aún por definir tiene en el ejercicio del periodismo a su mejor aliado. De ahí la tiranía que emerge en una opinión pública cada vez más necesitada de volver a lo virginal e inmaculado. Es suficiente un leve repaso de titulares para constatar la abundancia de las impersonales “lo que no quieren que sepas”, en las que cabe imaginar al redactor sabiéndose adalid de la decencia. También los hay enamorados del dato desnudo, despojado de contexto, dedicados al rescate de hemerotecas monosilábicas y vacías de contenido en pos de la virtud y la pureza. Quizá los nostálgicos de la castidad deberían considerar el alcance que pueden tener sus tesis en una ciudadanía de la que descreen y a la que tratan en consecuencia. O lo que es lo mismo: entender que unas nalgas sin cubrir han dejado de impresionarnos.

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