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Del padre y del hijo

"Todos los gatos y todos los jetas son pardos, y de todos quedan apenas el rictus de la niña Thunberg y los ojos de Ocasio-Cortez cuando desaparece la ideología como el gato de Cheshire"

Foto: Francisco Seco | AP

En el año 325, el emperador Constantino convocó el primer Concilio de Nicea con el fin de solventar la controversia arriana. Arrio y sus maestros, Luciano y Eusebio de Nicomedia, razonaban que, si el Padre precedía al Hijo, éste había de ser de una distinta sustancia, pues había sido engendrado de la nada. Alejandro, obispo de Alejandría, excomulgó a Arrio en nombre de la ortodoxia: el Padre y el Hijo eran de idéntica sustancia. A Constantino, como probablemente al lector, todo esto le parecía una logomaquia, una disputa inútil con las palabras que le distraía de asuntos prácticos y le armaba una bronca innecesaria en África y las provincias orientales; y así se lo hizo saber a Arrio y Alejandro en una carta a ambos: “Devolvedme mis días tranquilos y mis noches sosegadas…” El Concilio reafirmó la naturaleza consustancial de Padre e Hijo y condenó a Arrio, pero aún quedaban décadas de discusiones, anatemas y palos entre homoousianos (una misma sustancia), homoiousianos (similar sustancia), homoianos (similares, pero no cabe hablar de sustancia), heteroousianos (distinta sustancia) y varias sectas más. Por si fuera poco, doscientos años más tarde a alguien se le ocurrió añadir la muletilla Filioque (“…y del Hijo”) en el pasaje del Credo que establece la procedencia del Espíritu Santo, lo que, resumiendo mucho, llevó al Cisma de 1054 y a la separación de las Iglesias de Occidente y Oriente que aún dura.

La discusión teológica de este verano también atañe a la sustancia, pero del PSOE y de Podemos. Es más pedestre pero más entretenida, al menos hasta que haya gobierno; porque en algo hay que entretenerse mientras siguen aplicando los presupuestos de Montoro. No se ha convocado concilio para solventarla, pero se va ventilando en “totales” de la tele, en gacetillas patrocinadas y hasta en sentidas intervenciones en la tribuna del Congreso, mientras Sánchez peregrina por los recovecos de la sociedad civil subvencionada para infundir miedo a los heréticos, con la imagen de un colosal grifo a modo de crismón: In Hoc Signo Vinces.

Yo tengo mi opinión sobre el particular, y sobre la distancia que hay y debe haber entre la socialdemocracia -la realmente existente- y los fuegos fatuos de la tradición comunista. Pero esto no es un artículo serio, con tesis y datos, que para eso ya están los politólogos del régimen, y no nos vamos a poner a hablar de Eduard Bernstein o Gösta Rehn. Sigamos.

Bien, la hipótesis toda del sanchismo, hasta ahora exitosa -siquiera para Sánchez y los 500- es que Podemos puede y debe volver al seno del que salió, el PSOE “grande” de 2008. No habría diferencia sustancial entre los objetivos de Podemos y PSOE, más allá de la credibilidad y la experiencia del partido mayor, y algún quítame allá esas pajas o esas concertinas. Por tanto, una vez redimidos sus pecados con la segunda venida de Sánchez, el PSOE podría comerse al electorado de Podemos en tiempo de comicios, y gobernar tranquilamente con lo que de ellos quedase después. Al fin y al cabo, como dijo Borrell, son sus hijos -y nunca más precisamente definidos: producto del caldo de cultivo mediático, intelectual y estratégico del zapaterismo.

Y uno está tentado de aceptar que sí, que a estas alturas el Padre y el Hijo ya son consustanciales. Por ejemplo, las asnadas sobre el logos precedente a la realidad material o sobre la presunción de inocencia de una Carmen Calvo, esa especie de escritura automática del izquierdismo de facultad de letras, se distinguen mal de las de una activista o profesora junior de las que pueblan las listas y los listos de Podemos. El trabajo de fin de máster que le costó el puesto -por las razones equivocadas, o al menos no tan graves- a la ministra Montón podía de hecho estar escrito por alguna de ellas. Ah, espera, lo estaba. A lo que iba. Las tonterías, en fin, que sobre lo divino, lo humano y lo nacional profieren como respiran las juventudes socialistas, incluidos esos miembros de las juventudes de edad democrática alemana, no parecen de sustancia distinta a las de Podemos; si acaso se distinguen por un tono desvaído, una cierta falta de convicción funcionarial, un desmayo que sobreviene apenas pronunciadas. Hay, por seguir con la teología, o con la genealogía de la moral, o con lo que sea, un sustrato común, un humus del que lo mismo te crece la propiedad de la tierra por el viento que la irradiación del núcleo que la calva y rotunda igualdad en todas y cada una de las desigualdades que hay que seguir deconstruyendo.

Y, sin duda, con el hijo Errejón habría menos problemas. Total, en la larga y aburrida noche morada-arcoiris-rojiverde que se avecina, todos los gatos y todos los jetas son pardos, y de todos quedan apenas el rictus de la niña Thunberg y los ojos de Ocasio-Cortez cuando desaparece la ideología como el gato de Cheshire. La “pedagogía” -seamos cursis, el asunto lo merece- socialista hacia los suyos no va en otra dirección desde hace años. No obstante, se diría que hay aún en el deep state sociata quien sabe que no, que no es lo mismo un partido de gobierno que una asamblea de facultad, aunque fuese una asamblea leninista, o precisamente por ello. Por más que lo digan prescriptores afines a la cosa, académicos comprometidos, actores con frase y demás mercachifles de ficciones. Y de ahí la férrea y redonda resistencia de Sánchez y su politburó a irse a la cama con niños -o meter la zorra a cuidar el gallinero, que de gallinas no hay Alto Comisionado por ahora. Uno se imagina a un José Enrique Serrano suspirando de alivio ante la penúltima inmolación de Pablo Iglesias, providencial. Pero el espantajo leninista no va a estar ahí siempre, y a los hijos y a los padres se les está poniendo según pasan los años, si no la misma sustancia, una cara muy parecida.

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