THE OBJECTIVE
Ignacio Peyró

Del Tiépolo a Banksy

Poca culpa tendrá el grafitero Banksy de que su arte callejero se lleve hoy los arrobos de admiración que hubieran merecido los paisajes de Constable o los cielos del Tiépolo

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Del Tiépolo a Banksy

Poca culpa tendrá el grafitero Banksy de que su arte callejero se lleve hoy los arrobos de admiración que hubieran merecido los paisajes de Constable o los cielos del Tiépolo

Hombre no escaso de ingenio y de pericia, poca culpa tendrá el grafitero Banksy de que su arte callejero se lleve hoy los arrobos de admiración que hubieran merecido los paisajes de Constable o los cielos del Tiépolo. Al menos ahí todavía basta una mirada para comparar. Del suburbio a las galerías, sin embargo, tiene su sarcasmo que un arte que se quiso de «humillados y ofendidos» sirva hoy para calmar no pocos afanes de buena conciencia cultural o rebeldía de salón. En realidad, sometido a la sacralización crítico-museística, el mensaje de Banksy ha quedado desactivado en tanto que sus obras se han convertido en todo aquello que querían negar. Véase como una justicia poética para un artista que, hábil con el spray, no ha hecho una crítica social más vigorosa que la que hubiera podido hacer un muchacho en el sarampión idealista del bachillerato.

El arte de Banksy ha recorrido el itinerario de todas las modas del día, del descubrimiento secreto a las publicidades del ‘mainstream’, para a continuación perder las estimas primeras del esnobismo. Es un corto plazo muy propio del graffiti, al cabo una expresión tan banal que, como apunta Anthony Daniels, es capaz de deteriorarse pero no de envejecer. Decía David Brooks que, de todas las fuerzas que dan forma a una cultura, la vacuidad es la más subestimada. El éxito tan aparatoso de Banksy no hace sino corroborarlo, pero -ironía o signo de los tiempos-, ya se ve engullido por la misma banalidad que alimentó.

 

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