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Dele algún sentido al terrorismo: últimas ofertas

Un atentado terrorista es siempre como un inmenso test de Rorschach. De hecho, todo lo importante que nos ocurre a los humanos es como un inmenso test de Rorschach: en medio de las figuras confusas de la vida intentamos encontrar algún sentido que organice esos estímulos abigarrados que nos llegan. Porque la vida nos ofrece colores, figuras, acontecimientos, personas: pero nunca nos deja claro el sentido que hemos de darle a cada una de esas cosas. Es un sentido en cuya construcción tenemos que participar nosotros mismos: a menudo, más que “captar el sentido”, hay que “dar sentido”.

Un atentado es como un test de Rorschach porque intentamos hallar un sentido a algo que para la mayoría de nosotros es impensable: decidirse a acabar con la vida de varios de tus congéneres y, además, no hacerlo en una simple matanza impulsiva e irracional (el terrorismo nunca es irracional), sino hacerlo en pro de un Bien. El Bien puede ser la independencia de tu país, la glorificación de tu Dios, el advenimiento de una Nueva Sociedad Bondadosa; pero el terrorista siempre cree que su masacre es un medio que nos acerca un poquito más a ese fin bondadoso. Es a eso a lo que nos cuesta dar sentido. Pues muchos de nosotros, a pesar de nuestras dudas posmodernas sobre qué sea lo bueno, tenemos al menos claro que el asesinato difícilmente es camino hacia ello.

Por suerte vivimos en una sociedad del consumo en que, igual que se nos ofrece comida precocinada en el supermercado o amigos fáciles vía Facebook, también se nos ofrecen explicaciones bien preparaditas ya para que podamos darle un poco de sentido a cada cosa complicada, incluidos los atentados terroristas

Una respuesta bien barata, que muchos han comprado, es que en cualquier atentado en que el terrorista tenga motivaciones religiosas, o concretamente islámicas, la culpa de todo la tiene la religión o, en este caso, el islam. Pero lo barato sale al final caro: y quien crea que el islam o la religión, por sí solos, explican las masacres terroristas, se verá luego en la peliaguda tarea de justificar por qué no es el 22 % de humanos que profesan el islam los que atentan contra otros humanos; o por qué de entre el aproximadamente 15 % de habitantes del mundo que no siguen ninguna religión también surgen a veces grupos terroristas. Las tiendas de venta de respuestas baratas disponen también, claro está, de justificaciones alambicadas que den cuenta ulterior de estas dificultades. Pero son ya un poco más complicadas de vender, reconozcámoslo.

Otra explicación baratita que ha surgido estos días a propósito de un atentado concreto, el de Orlando, y debido a que este se produjo en medio de una fiesta gay, es que la culpa de todo la tiene el “heteropatriarcado”. El dirigente comunista Alberto Garzón se apresuró a hacernos una oferta de esta explicación en su Twitter. El problema de esta explicación es que, entre las muchas cosas “heteropatriarcales” que hay en el mundo, sin duda el islam es una de ellas; con lo cual ello nos retrotrae a las dificultades señaladas en el párrafo anterior. Además, esto plantearía a Alberto Garzón, y a la extrema izquierda española en general, un problema de coherencia interna: tienen sus razones para apoyar continuamente al islam frente a la mentalidad occidental; pero en la carrera por el “heteropatriarcalismo”, el primero gana claramente a la segunda. Con lo cual la coherencia de su posición pro islámica, si a la extrema izquierda le importara la coherencia, quedaría gravemente dañada.

Dado que el atentado de Orlando se hizo con un arma (suele pasar) y dado que Orlando está en EEUU, otra explicación inmediatamente popular en los Superventas de explicaciones baratas ha sido que la culpa de todo la tiene las leyes sobre control de armas estadounidenses, más laxas en esto que las europeas. Esta explicación es muy vendible cuando se producen matanzas en universidades o institutos estadounidenses, francamente más frecuentes que en Europa; pero tiene sus dificultades si del terrorismo hablamos. Pues lo cierto es que Europa, aun con sus maravillosas leyes de control de armas, ha padecido en los últimos años más atentados terroristas que EEUU. Y, por otra parte, parece que la ciencia también trajina en contra del éxito comercial de estas explicaciones: según un reciente estudio en Australia, el endurecimiento allí de las leyes para dificultar el acceso a las armas no ha reducido de modo significativo los homicidios. La ciencia tiene a veces estas cosas: que refuta nuestras buenas intenciones (comerciales).

No pretendo, naturalmente, negar que el islam (o mejor: el islamismo), la homofobia o el acceso fácil a las armas tengan algo que ver con el atentado de Orlando. Tampoco en el test de Rorschach podemos negar que casi cualquier interpretación que se le dé a las manchas se parece a ellas al menos en algún sentido. Lo que sí estoy negando es que centrar nuestras explicaciones en cualquiera de esos elementos sirva para algo más que para quedarnos a gusto con nuestros prejuicios previos.

¿Debemos quedarnos entonces sin explicación alguna? Por supuesto que no. ¿Hacia qué explicaciones debemos caminar entonces? No pretenderá el lector que en una simple columna, en que precisamente me quejo de las explicaciones facilonas, le ofrezca completita lo que no podría ser sino una explicación facilona más.

Pero para no escabullirme del todo de la tarea, ahí va una pista: últimamente, sobre todo tras la película que se dedicó a ello, se ha puesto muy de moda hablar de Hannah Arendt y de su idea de la banalidad del mal. Pero Arendt habló también del mal en otros términos: habló de que el mal que nos rodea a veces es un mal radical. Con esto no quería decir que a veces el mal sea especialmente dañino, sino que no encuentra una explicación humana comprensible. Que a veces el mal es malo justamente por la incapacidad de explicarlo en que nos deja. Porque el mal es precisamente la ausencia de sentido. Es tan malvada esa ausencia, que preferimos dar explicaciones malas al mal de no tener explicación alguna. Al fin y al cabo, quizá la situación más incómoda si un señor nos plantea un test de Rorschach es confesarle que creemos que solo son las manchas que ese señor ha dejado en el mantel tras, bien patoso, derramar su café.

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