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Democracia madura, votantes adolescentes

El derrotado candidato socialista en Francia, Benôit Hamon, ha anunciado la creación de un movimiento político para “renovar” la izquierda en el país galo. Sacó poco más del 6% de los votos en la primera vuelta, llevando a la irrelevancia a su partido, pero no por ello se ve deslegitimado para una tarea tan exigente. En España escuchamos rumores sobre posibles escisiones en uno u otro partido si gana uno u otro líder. La tendencia política general es a la dispersión por causas minúsculas, sean personalistas o de matices ideológicos. Tarea a la que ayudan unos medios que exigen democracia interna pero que, cuando la hay en algún grado, estiran los disensos hasta pervertir los debates. Las “luchas fratricidas” en partidos abiertos en canal tienen algo de profecía autocumplida. En el ambiente social que emana de medios y redes sociales, las primarias son un procedimiento noble que no sirve, o que sólo sirve para lo que Macron adujo cuando renunció a presentarse a unas: para matar ideas.

En España se sigue con especial intensidad (comparada con nuestros vecinos europeos) la vida orgánica de los partidos, y la presencia de estos en medios y en conversaciones de calle es excesiva. Directamente proporcional a la banalidad de los asuntos que en muchos casos se discuten. No es extraño escuchar que tal o cual formación gusta a alguien pero que jamás la votará por alguna razón superflua, o por una diferencia de criterio en un asunto no capital. Si el “no nos representan” tuvo un sentido lógico hace unos años, tras la llegada de Podemos y Ciudadanos (más las diversas corrientes que han aflorado en estas y otras formaciones), es difícil creer que ningún partido de un parlamento tan plural te representa mínimamente, hasta el punto de no votar, o de pedir un nuevo partido. Hay algo narcisista en esta actitud que se pretende de incorruptibilidad político-moral. Así pasaremos del “un ciudadano, un voto” al “un ciudadano, un partido”.

Una organización política es una tarea común y comunitaria, con objetivos difíciles y en muchos casos contradictorios, incapaz de contentar a todos sus miembros ni votantes. La derecha y el centro-derecha, más pragmáticos, hace tiempo que han asumido esta realidad. Y por eso gobiernan, no sólo en España. La izquierda y el centro-izquierda andan perdidos en debates y procedimientos que no sirven, ajenos a la realidad política y haciéndole el juego a medios sensacionalistas que se pretenden serios en su fingida impostura política. España es ya una democracia madura, pero llena de opinadores y votantes adolescentes. El resultado es el tedio y el desencanto.

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