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Democracia real ya

Se diría que las acusaciones de pucherazo realizadas por la afición de Unidos Podemos a la vista de sus decepcionantes resultados electorales indicarían la presencia de ese “pensamiento crítico” tan alabado en nuestros días: un ojo receloso ante cualquier intento de darle gato por liebre. En realidad revelan otra cosa: una juvenil, entrañable ingenuidad. La sospecha vigilante se da la vuelta a sí misma y desemboca en un mundo autorreferencial sin contacto con la realidad, aunque haga de la realidad oculta -¡conspiración!- su bandera.

Algo que podía observarse ya en el conmovedor eslógan que demandaba una democracia real en vez del simulacro realmente existente. O sea: “que vote la gente”. Y la gente ha votado, pero en Gran Bretaña: a favor de un Brexit cuyas consecuencias para la Teoría de la Democracia habrá que ponderar seriamente. Por el momento, baste apuntar hacia la distancia que ha resultado mediar entre el ideal refrendatario y su práctica efectiva: un baño de realidad maquiaveliana que constituye la incontestable demostración de la peligrosidad del referéndum. Y sugiere la conveniencia de fundar nuestros anhelos políticos en un sano escepticismo, dejando la “ilusión” para una primera cita.

No se trata de cargar contra un electorado que habría tomado la decisión “equivocada”; aunque seguramente lo sea y de ahí el fenómeno de los Bregreters o arrepentidos. Más bien, se trata de recordar cómo la deliberación pública orientada al interés general y conducida con arreglo a las normas de la persuasión racional -que legitimaría procedimentalmente el resultado de cualquier referéndum- pertenece al catálogo de las utopías modernas. En su lugar, tenemos políticos oportunistas y ciudadanos desinformados, hechos falseados y liderazgos de cartón-piedra, mentiras descaradas y votantes sentimentales.

Si hay una lección, es que la democracia representativa -con su entramado de mediaciones, contrapesos y mecanismos contramayoritarios- no existe por casualidad, sino como la plasmación material de un largo proceso histórico de prueba y error. Hay que mejorarla, refinarla, pulirla: faltaría más. Y la insatisfacción de la que nos habla el Brexit debe ser abordada. Pero cuidado con “superarla”, exigiendo más democracia directa: son muchas las plegarias atendidas queacaban en lágrimas.

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