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Depresión

"Me gusta que se le dé visibilidad a estos grandes trastornos, que se normalicen y se asuman, que se claven en el centro de la sociedad y que la sociedad ayude a afrontar el problema a todos los que los sufren en silencio"

Foto: Sholto Ramsay | Unsplash

Recuerdo bastante bien aquel verano, pese a ser el más largo de mi vida. Diecinueve años, estudios, pareja, amigos, familia… todo me había hecho creer que mi mundo estaba en orden. Pasaba por casa de mis padres en Madrid tras varios viajes veraniegos por aquí y por allá, gastando el dinero que no tenía, y el último día de julio llegó sin demasiado sentido, que es como llegan a veces las cosas. Me desperté llorando esa mañana, sin ganas de salir a ninguna parte. Por la tarde, ya me había encerrado en el salón de su casa. Me arropé con una manta pese a que fuera el termómetro marcaba cuarenta grados, y dejé que por la televisión pasaran varios partidos en diferido de la liga holandesa sin que mi mente procesara nada, perdida la mirada en algún punto de la sala. Por la noche llamé a mi madre: no sé qué pasa, pero necesito que alguien me ayude.

Una de las cosas que no recuerdo es por qué dejé pasar un mes hasta acudir a terapia. Al día siguiente me encerré a mi pueblo de Segovia, y a todos mis seres queridos les expliqué lo que me pasaba. No sólo lo aceptaron, aunque dicho así parece que hubieran pretendido aceptarlo activamente cuando no hizo falta, sino que además me comprendieron y me ayudaron en la poca medida de sus posibilidades. Perdí ocho kilos en quince días, dormía dos horas, me alegraba al pasar cinco minutos sin pensar en la depresión, retiraba el polvo de las novelas rusas, y dejaba la mente en blanco durante las rutas en bicicleta por la campiña. Un día después de llegar a Madrid pisé la consulta de Cayetana, mi psicóloga, a la que tanto debo, y a la que tanto tiempo llevo, por suerte, sin ver. Desde entonces, las noches pasan de ocupar toda mi memoria a acortarse ligeramente, poco a poco. Aproximadamente un año después, salí de terapia, monté en aquel Focus negro, sonaba la voz ronca de Sabina en «Más de cien mentiras»: sentí que todo lucía nuevamente.

Escribo esta columna pocas semanas después del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, y pocas semanas antes del Día Europeo contra la Depresión, dos conceptos que pude masticar por entonces. Me gusta que se le dé visibilidad a estos grandes trastornos, que se normalicen y se asuman, que se claven en el centro de la sociedad y que la sociedad ayude a afrontar el problema a todos los que los sufren en silencio. Me alegra que se publiquen obras que traten la depresión con naturalidad, como por ejemplo hace Ana Ribera en Los días iguales, allí narra su problema en primera persona. Me hubiera gustado haber escrito algo así sobre lo que yo viví, pero si bien es cierto que nunca seré capaz de hacerlo, no lo es menos que en todas mis novelas hay alguien que sufre depresión, agorafobia, ansiedad o algunas de esas patologías que se llevaron un año de mi vida. Es la manera que encuentro de recordarme que siguen ahí, me temo; y que, sin perder el estigma que parte de la sociedad aún no les ha retirado, será mucho más difícil que dejen de estarlo.

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