Raquel Sastre

Derecho a la intimidad

Hoy me debato entre las risas que me provoca lo de Cameron y la repulsión que siento hacia la falta de privacidad que tenemos. Porque hoy, lectores, me siento identificada con Cameron. De él se ha dicho que en un rito de iniciación "puso una parte privada de su cuerpo en la boca de un cerdo muerto".

Opinión

Derecho a la intimidad

Hoy me debato entre las risas que me provoca lo de Cameron y la repulsión que siento hacia la falta de privacidad que tenemos. Porque hoy, lectores, me siento identificada con Cameron. De él se ha dicho que en un rito de iniciación «puso una parte privada de su cuerpo en la boca de un cerdo muerto».

Hoy me debato entre las risas que me provoca lo de Cameron y la repulsión que siento hacia la falta de privacidad que tenemos. Porque hoy, lectores, me siento identificada con Cameron. De él se ha dicho que en un rito de iniciación «puso una parte privada de su cuerpo en la boca de un cerdo muerto». A muchos nos ha pasado algo similar: que todo el mundo se entere de que hemos puesto nuestra parte privada del cuerpo en la boca de un cerdo (o cerda) porque éste (o ésta) estaba vivo y era un puto bocazas.

Hoy en día no tenemos derecho a guardarnos nada para nosotros y no, no hablo de Pujol y su dinero en Suiza. Hablo de nuestra ausencia de intimidad. Si te tiras un pedo en el salón de tu casa, tu vecino al día siguiente ya se lo ha contado al tendero de la esquina. Si un día te fumaste un porro con un primo, eres el yonki oficial de la familia. Si un día te tiraste a la novia de tu colega sin condón, se entera años después porque el hijo necesita un trasplante de riñón y resulta que es más compatible con su padre biológico.

¿Por qué tenemos tanta necesidad de saber qué hace el resto de la gente en su vida privada? Mi teoría es porque así pensamos que somos mejores. Como esa señora mayor que se entera de que la vecina no era virgen antes de casarse y se siente superior moralmente. O ese tío que mira a su vecino con implante de pelo y piensa «yo estaré calvo, pero al menos no lo llevo falso», mientras se pone la gorra para salir a la calle para disimular su calvicie. O ese presidente de gobierno que sonríe mientras piensa que sus conciudadanos no pueden estar avergonzados de él porque nadie ha publicado nada sobre sus ovejas gallegas; y se siente orgulloso porque, a pesar de haber más paro, menos bienestar, menos recursos al alcance de los ciudadanos, su «parte íntima» está a buen recaudo. Porque, al fin y al cabo, siempre seremos un país de apariencias.

 

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