THE OBJECTIVE
José Carlos Llop

Derivas

«Soy de los que cree que los símbolos aguantan el peso del mundo, como hacen las cariátides»

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Andreea Alexandru | AP Images

Nabuconodosor II era el rey más poderoso de la tierra y Babilonia la ciudad más rica y fastuosa de entre todas las ciudades que entonces existían. Una noche, el rey tuvo un sueño y se despertó con gran desasosiego. Había visto la estatua de un emperador con la cabeza de oro, el torso de plata, las caderas de bronce, las piernas de hierro y así hasta llegar a los pies, que eran de barro. La estatua refulgía desde donde se la mirase y era única en el mundo conocido y por conocer, pero una simple roca arrojada sobre su base la derribó y fragmentó por el suelo.

Ningún sabio, astrólogo, mago o adivino de Babilonia supo interpretar el sueño de Nabuconodosor. Ninguna de sus interpretaciones, al menos, calmó el espíritu del rey y en represalia por su inutilidad mandó matar a cuantos había consultado. Las cosas eran así entonces y a este paso volverán a serlo, pero en fin. Exiliado en Babilonia, estaba el profeta Daniel, que le explicó que aquella estatua representaba las distintas etapas de su imperio y su posterior decadencia y caída. De ahí viene la expresión ‘ídolo con los pies de barro’ y si empiezo así es porque hace años que la Historia sagrada ha desaparecido de la enseñanza.

En tiempos de Nabuconodosor, los reyes cazaban elefantes y siguieron haciéndolo veinticinco siglos más tarde, los últimos años previo pago de la pieza a cobrar porque la caza mayor, como todo, se ha convertido en un gran negocio. A principios del siglo XX existía una revista que se llamaba algo así como Revista del Gran Mundo o El Gran Mundo a secas. Guardo algún ejemplar por ahí y en él se ve a aristócratas y grandes empresarios europeos y americanos cazando osos polares y otros animales del Paraíso y no crean que la cosa fuera monarquista o capitalista pues cuando los comunistas tomaron el poder en Rusia y luego en media Europa, la caza de osos, búfalos y lo que hiciera falta era, junto con el vodka, una de las grandes aficiones de la Nomenklatura. O sea que matar elefantes no es garantía de ser un agente de la Corona.

Quizá por haber leído la Biblia y estudiado Historia Sagrada –cuya fuente era el Libro de los libros–, el día que vimos al rey Juan Carlos I salir por una especie de puerta de servicio –qué diferencia con Putin cuando hace sus apariciones estelares en el Kremlin, menudos portones–, solo, apoyado en una muleta y diciendo ‘Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir’, pensé en el sueño de Nabuconodosor y que en esa frase –como un viento helado– se encerraba un gran trompazo a la monarquía, a la Transición y al régimen del 78, como lo llaman ahora. Ni el peor de sus enemigos podía haber diseñado un guión tan fatídico. Pero siempre, siempre, el peor enemigo de uno es uno mismo. Eso pensé tal vez porque soy de los que cree que los símbolos aguantan el peso del mundo, como hacen las cariátides y no cree apenas nadie ahora y por eso intento descartar según qué pensamientos tenga, pues vida sólo hay una y no es cuestión.

Los símbolos tienen una gran importancia y por eso a mitad de los setenta sentimos cierto alivio al ver la granítica losa de 1500 kilos sellar la tumba de Franco. De ahí no sale, pensamos y sí, sí. Volando salió y al ver el féretro y la tela que lo cubría muchos fueron los que evocaron la maldición de Tutankhamon  y que un raro mal iba a caer sobre nosotros. Luego llegó el coronavirus y callaremos. No ha pasado tanto tiempo y el Rey ha tenido que redefinir su vida y dicen que está cansado de Omán o donde sea que habite. A Franco no podemos preguntarle cómo está en su nuevo destino o si añora Cuelgamuros. Pero después de ambos sucesos, todos nos encontramos ahora redefiniendo nuestra vida: no en Omán pero si en ciudades cuya vida nada tiene que ver con la que tenían hace poco esas mismas ciudades. Como la vida del Rey emérito nada tiene que ver con su vida anterior y la tumba actual de Franco tampoco con la que tuvo. Y así vamos tirando mientras las calles son el espejo de nuestro desconcierto.

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