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Desalojar el pánico

Va a ser difícil que la suspicacia no se instale en nuestra cotidianidad. Porque el pánico ya está aquí. Lo sabemos. Lo intuimos. Lo estamos sufriendo. Es un desagradable intruso que habita entre nosotros, que como un virus nos necesita para ser, y sabemos que no va a ser nada fácil desalojarlo. No habrá muros ni servirán las fronteras. Está aquí, el pánico, como un alarmante espasmo de esta globalización que ha desordenado, como no podía ser de otro modo, los parámetros de comprensión de las sociedades, las nuestras y las otras, tal y como los habíamos construido durante décadas.

Está aquí, es lejano pero es raro porque lo sabemos ya nuestro, golpeándonos para que no olvidemos que la conexión entre todos, entre personas y mercancías, nos conecta también e inmediatamente con un odio y una violencia que nos gustaría haber olvidado, con un mal contra el que creíamos habernos blindado porque suponíamos que habíamos controlado el mundo y habíamos escrito el punto y final a la historia. Pero no. La historia ha vuelto. Ha mutado. Porque ha mutado nuestro mundo.

Está aquí, el pánico, para quedarse hasta no sabemos cuándo y sin saber muy bien cómo podemos tratarlo. Se ha instalado entre nosotros porque hay gente fanatizada que nos odia y que está dispuesta a sacrificar su vida con un objetivo: provocarnos cuánto más dolor mejor. Y cuánto más dolor, más pánico. Y el pánico, poco a poco, irá ganando conexiones en nuestro pensamiento, va adherirse como un molusco a nuestra conciencia y va a condicionarnos. Y es bueno ser prudente. Es necesario. Es inteligente. Es lógico, pongamos por caso, decidir que es mejor no viajar allí donde el peligro se multiplica. Es inevitable pensar en tantas ciudades golpeadas por el terror. Pero no vamos a reconstruir nada sólido sobre la suspicacia. Este asesino, al menos éste, era un asesino loco. Y a los locos sí sabemos tratarlos.

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