THE OBJECTIVE
Álvaro del Castaño

Desde mi ventana: Eppur si Muove

«¿Merece la pena una sociedad que no recuerda o reconoce a sus héroes?»

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Desde mi ventana: Eppur si Muove

RTVE

Andrea: ¡Pobre el país que no tiene héroes!
Galileo: No. Pobre el país que sí necesita héroes.

La Vida de Galileo, escrita en 1939 por el dramaturgo alemán Bertolt Brecht, narra la historia de los últimos años de vida (1609) del genio italiano Galileo Galilei que revolucionó la ciencia, y en particular la astronomía. En su residencia florentina, Galileo se esmera en transmitir sus conocimientos a su protegido Andrea. Recordemos que cuando Galileo hace públicos sus descubrimientos sobre el sistema solar, que demuestran que la tierra no es el centro del universo, choca con la Iglesia y recibe la condena de la Santa Inquisición. El miedo le conduce a renunciar a la propagación de sus tesis y se rinde. Es el no-héroe, según Brecht. Andrea acusa a Galileo de renunciar a sus descubrimientos y enseñanzas y de plegarse a las imposiciones de la Iglesia. Andrea necesita firmemente creer que su maestro tenía un plan para engañar a la Inquisición, y que solamente renegó de sus descubrimientos porque había planeado una salida genial. Andrea quería creer que Galileo era un héroe.

El autor, a través de esta contraposición de valores, simplemente rechazaba el belicismo y la guerra y la creación de mitos en el nacionalsocialismo, defendiendo su propia huida de la Alemania nazi, al ser perseguido por el régimen.

Entonces, ¿un país necesita héroes?

Estoy absolutamente convencido de que la dignidad de un pueblo se mide por el agradecimiento que profesa a sus héroes. La lucha, el ejemplo y los logros que estos abanderaron son el origen de muchas de las conquistas sociales, nacionales, artísticas, intelectuales y fronterizas de las que disfrutamos en la actualidad. Por otro lado, la dignidad de un pueblo también se mide por el recuerdo del arrojo demostrado en terribles fracasos y aventuras malgastadas.

Pero ¿cuáles son las características de los héroes, y qué es lo que los distingue de los demás? En su origen griego, un héroe es un mortal cuyos logros superan las expectativas de la normalidad y le hacen inmortal en el recuerdo, recibiendo el tributo de sus sucesores alcanzando casi una semi-divinidad. Pero en nuestra realidad actual, se trata de un concepto más abstracto, es más un concepto moral que objetivo.

Un héroe es un individuo que supera cualquier obstáculo, sacrificando sus necesidades, en la búsqueda de un noble y ético objetivo. Yo añadiría que con sus actos, además, debe beneficiar a un determinado grupo. El héroe puede alcanzar el éxito o el fracaso, pero el resultado no cambia su condición. La clave está en el sacrificio personal por el logro de un objetivo digno.

Todo esto viene a colación porque duele reconocer que la sociedad, la cultura y el estado español no venere a sus héroes. Pero esta no es una reflexión mía o particularmente nueva. Henry Kamen, el historiador británico, tras publicar Poder y Gloria. Los héroes de la España Imperial se quejaba amargamente del olvido al que sometemos a los nuestros. Por lo tanto, está meridianamente claro que en España olvidamos a propósito a nuestro Cid Campeador (héroe o mito), a los Conquistadores (ahora políticamente incorrectos), al genial navegante Elcano, a la heroínas contra la ocupación francesa Manuela Malasaña y Agustina de Aragón, o Blas de Lezo (autor de la mayor gesta militar española de la Historia).

¿Por qué nadie invierte el esfuerzo necesario en mantener su memoria histórica, contar sus hazañas y penurias? ¿Por qué se encumbra a figuras históricas foráneas, ajenas a nuestro ADN, e impuestas por el rodillo de Hollywood? ¿Por qué cuando hacemos una película sobre una heroicidad nacional sale un retrato mezquino de sus protagonistas y héroes?

El deber de una sociedad es el de ayudar a configurar la definición de héroes e influir en su elección. Tenemos que cuidar este legado para beneficio de generaciones futuras. Les reto a que pregunten a cualquier joven de menos de treinta años y a que le animen a enumerar los héroes de nuestra historia, y verán cómo salen a relucir poquísimos personajes históricos. En el mejor de los casos asoman deportistas ejemplares e intachables, líderes admirables y leyendas en sus respectivos ámbitos deportivos, pero nunca héroes. Es una pena que, en una sociedad donde la historia y la información total están a golpe de un clic, estas generaciones vivan al margen de este enorme legado cultural. En la actualidad, aparte de estos reputados deportistas merecedores de toda nuestra admiración, abundan otros ídolos con pies de barro: políticos populistas, tatuados y requetepeinados, instagramers reyes-del-selfie-exibicionista, actores intrascendentes, y acaparadores de dinero fácil. El héroe actual es el que consigue la fama y el éxito económico basado en el consumismo, alcanzando la cumbre social o virtual, dejando de lado los valores que caracterizan a los verdaderos héroes, fundamentalmente el del sacrifico personal. Representa el triunfo de lo superficial, del adorno, sobre lo esencial. Esta capa de barniz de heroicidad ficticia, arropada por millones de seguidores, está basada en la nada, la vulnerabilidad, la vulgaridad, la manipulación de la información y la fragilidad. Confundimos celebridad con excelencia. La realidad es que la sociedad define nuestros ideales por los héroes que veneramos, y eso resulta un gran problema potencial.

El problema es que a ciertos grupos de españoles influyentes actualmente les avergüenzan sus héroes, pues se les tiende a catalogar de manera absolutamente estúpida por tipología política, según sus hazañas. Si es un héroe militar entonces es un facha, y si es un intelectual entonces un rojo. Se tiende a juzgar el pasado con los ojos del presente, lo cual es un absurdo total. Es más, estoy convencido de que habría que juzgar el presente con ojos del pasado, echando mano de nuestra historia para aprender de dónde venimos y a dónde vamos.

Los héroes y sus hazañas aglutinan y unen y sirven de catalizadores de emociones colectivas que vertebran un país. Por eso el populismo progre imperante, curiosamente en consonancia con los nacionalismo extremos, trabaja para debilitar la herencia colectiva de nuestra historia: destrocemos a nuestros héroes, y agrandemos la leyenda negra de España, así debilitamos las estructuras del estado. Thomas Carling decía que la historia de los héroes es la historia de la humanidad. Cuando olvidamos a nuestros héroes es cuando terminamos de matarles, acabando con su memoria. Al acabar con su memoria acabamos con nuestra sociedad.

Por otro lado, existe otra clase de héroes muy importantes en la configuración real de una sociedad, que son los héroes anónimos. Son los del día a día, los imperceptibles. Aquellos que con su ejemplo y abnegación construyen una sociedad mejor. Nunca pasarán a la historia individualmente, pero sí de forma colectiva. Son, entre muchos otros, aquellos maestros sin recursos que educaron a varias generaciones, esos jueces abnegados que cumplieron con su obligación bajo presiones políticas y mediáticas, aquellos intelectuales que lucharon por sus ideas contra corriente, los activistas por los derechos civiles que fueron oprimidos por el totalitarismo, nuestros misioneros católicos sacrificándose por cuidar y educar a los demás, valientes diplomáticos olvidados (como Angel Sanz Briz, el Ángel de Budapest; o como mi abuelo José del Castaño, del que recojo su historia en mi última novela (Muerte en Manila, editorial La Esfera de los Libros), y algunos de los sanitarios en esta pandemia. Estos pasan normalmente desapercibidos, pero dejan una profunda huella y son esenciales, pues nos definen como sociedad.

¿Merece la pena una sociedad que no recuerda o reconoce a sus héroes? Para responder a esta pregunta podemos recurrir al político norteamericano Calvin Coolidge cuando afirmó: «Muchos de nosotros estamos aquí por los sacrificios que hicieron ellos. Una sociedad que olvida a sus defensores pronto será olvidada».

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