Álvaro del Castaño

Desde mi ventana: Libertad o muerte

"Estos fracasados nos han hecho conspiradores en este Lepanto causado por su cobardía e ineptitud"""

Opinión

Desde mi ventana: Libertad o muerte
Foto: JJ Guillén| Reuters
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

Durante el confinamiento, en The Objective tuvimos la oportunidad y el placer de publicar 25 capítulos del proyecto literario Desde mi ventana, del novelista Álvaro del Castaño. La serie, lejos de acabarse, continúa: ahora con una periodicidad quincenal y con un espíritu adaptado a esta «nueva normalidad».

 

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Desde mi ventana: Libertad o muerte 1

 

Despierto del letargo del confinamiento tras esta absurda hibernación. Mi cerebro ha estado activo en el encierro y he creído estar alerta y receptivo a la realidad. Tristemente ahora soy consciente de que mis pensamientos han ido transitando del “Yo” al “Mi”. Mis problemas, lo que yo veía desde mi ventana, mi familia, mis amigos, mis compañeros mundiales de confinamiento, la raza humana a la que pertenezco. Mi todo era en verdad el yo, lo mío. Egocentrismo en estado puro, una dura droga que mi propio cerebro disemina en situaciones de estrés vital. Parafraseando al Doctor Mario Alonso Puig: desgaste emocional y estrés tóxico en las actividades cotidianas del encierro. He reflexionado, he analizado y he escrito, pero mis conclusiones venían derivadas, estaban teledirigidas por las circunstancias, por la estricta inmediatez de lo que estaba viviendo.

No ha sido pólvora mojada. Pero ahora, sacando la cabeza del agujero, cual huidiza avestruz, y releyendo mis textos de Desde mi ventana, me doy cuenta de que carecía de la perspectiva necesaria para entender qué es lo que realmente realmente estaba sucediendo a mi alrededor. Lo que de verdad importaba: hemos sido engañados dramáticamente por unos perdedores. Estos fracasados nos han hecho conspiradores en este Lepanto causado por su cobardía e ineptitud. Estos derrotados de la vida además son unos pocos y muy privilegiados.

Estos pocos individuos han puesto todo la maquinaria del poder, los resortes de la propaganda ideológica institucional, estrictamente al servicio de la mentira y no al servicio de la justa lucha contra la pandemia. Han querido tapar sus vergüenzas con toneladas de basura mediática, política, científica y pseudointelectual. Sí, señores y señoras, simple y llanamente estos “elegidos” son nuestros gobernantes y nos han engañado. Lamentablemente el balance, el coste del engaño, son decenas de miles de fallecidos, miles de empresas arruinadas, millones de parados y cientos de miles de personas afectadas por enfermedades mentales derivadas del confinamiento y la crisis económica.

Estos gobernantes, que fuera de la política no encontrarían trabajo remunerado alguno, que en su mayoría no han tenido ninguna responsabilidad profesional real, y ninguna experiencia de gestión, nos han conducido al desastre. Pero, como lo único que saben es de argucias, de tacticismos y de cortoplacismos, inteligentemente han centrado el debate en la tensión de la alarma, en aspectos técnicos epidemiológicos, en lo que se puede o no hacer durante el confinamiento, en las malditas fases, en la guerra de partidos, y en las interpretaciones ingenuas de nuestro holocausto futuro post-Covid.

Ahora me doy cuenta de que las verdades absolutas que nos han instalado en nuestros débiles y maltratados  cerebros, muy trastornados ante la tragedia, son en realidad los mayores embustes.

Estupor al nadar en contra de la mayoría.

Como decía Georgia O’Keefe, mi primer recuerdo es luz –la luminosidad de la luz– luz alrededor. Mi luz ha sido comprender la verdad. Y esa verdad es que hay al menos tres grandes trápalas que hemos digerido ingenuamente en los últimos meses:

  • El confinamiento es la única y mejor terapia contra el virus.
  • En el encierro es necesario abolir las libertades individuales.
  • Los muertes son solo causa del virus.

 

¡Qué vergüenza!

Decía José María Vargas Villa que «la corrupción del alma es más vergonzosa que la del cuerpo”. ¿El confinamiento no es acaso la expresión del fracaso? ¿No es la estrategia de los perdedores? El aislamiento es el último recurso cuando ya se ha perdido la batalla y se quiere solamente continuar vivo. Nos hemos tragado que el encierro era la única solución contra la pandemia cuando en realidad es la última y la más desesperada de las medidas cuando falla todo lo medianamente inteligente: prevención mediante test masivos para evitar los pocos casos existentes al principio, seguimiento de la población infectada, aislamiento y aplicación del tratamiento.

¡Qué oprobio!

Vivimos en un estado policial. El gran hermano orwelliano nos observa y nos controla y paternalmente aprueba o condena nuestras acciones. Síndrome de Estocolmo sembrado. Hay que obedecer. Nuestras libertades más básicas han sido mancilladas en aras de un bien superior: la salud común. Fuenteovejuna: todos a una, como diría Lope de Vega.

Pero ¿en qué cabeza cabe que se nos prive de la libertad? ¿Por qué hemos sido tan pardillos? ¿Cómo se puede tener tanta falta de respeto al pueblo? ¿Se nos puede considerar tan estúpidos e inmaduros que hay que imponernos una ley marcial como si no tuviéramos la capacidad de seguir recomendaciones de manera voluntaria cuando está en riesgo la salud individual y colectiva?

¿Había que recurrir a la imposición militar de las recomendaciones, a la obsesión confiscatoria del estado mediante las multas, a la imposición del totalitarismo del estado frente al individuo? El miedo frente a la razón.

¿Por qué hay que elegir entre libertad y muerte, parafraseando a la suffragette Emmeline Prankhurst?

John Locke nos enseñó que el gobierno no se basa en la fuerza, sino en el consentimiento ciudadano para ser gobernado. El contrato entre el pueblo y su gobierno radica en el consentimiento. ¿Cómo es posible que el gobierno, tras el fracaso más absoluto en cualquier estrategia de prevención y contención, pueda imponernos una dictadura sin derechos fundamentales? ¿Cómo nos hemos dejado atropellar de esta manera?

En cualquier sociedad, organización o empresa, el fracaso y la negligencia se pagan primero con la dimisión o el cese en la responsabilidad profesional, y después, potencialmente, con la acción de la justicia para castigar las responsabilidades penales. En este caso, el fruto del desastre no ha sido la vergüenza, la dimisión, el castigo o la contrición, sino la asunción de más poderes absolutos para seguir gobernando: un golpe de estado sociológico.

Como argumentó la arriba citada activista Emmeline Pankhurst en uno de sus poderosos discursos, incluso la persona mas débil tiene el poder de no otorgar su consentimiento. ¡Dame la libertad o dame la muerte!

¡Qué ignominia!

Qué afrenta pensar que hemos asumido como premisa que la tragedia de los fallecimientos es solamente culpa del virus, cuando en realidad la mayoría de las muertes son consecuencia directa de la negligencia de los gobernantes, de su falta de previsión y de valentía a la hora de tomar medidas profilácticas y de prevención cuando había que hacerlo.

Como ha demostrado científicamente Tomás García Madrid, si las medidas de confinamiento se hubieran tomado una semana antes, los fallecimientos hubieran sido una sexta parte de los que finalmente han sido. Y eso que el confinamiento es la estrategia del perdedor: incluso un gobierno “algo menos” negligente podría haber contenido el número de víctimas en una sexta parte solamente con habernos confinado una semana antes.

Es esencial subrayar que este debate no es político, el debate es exclusivamente de gestión. Juzgamos la labor de un equipo de gobierno ante un inesperado y difícil desafío. Su obligación era gestionar lo público con eficacia o al menos sin negligencia. En ningún caso estamos juzgando la validez o eficacia de unos ideales políticos.

Acogotado ante este resplandor al discernir la realidad, y expectante ante lo que nos deparará el futuro, solo me queda recordar al político americano Patrick Henry: dame la libertad o dame la muerte.

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