Álvaro del Castaño

Desde mi ventana: Todo lo que siempre quiso saber sobre la estulticia y nunca se atrevió a preguntar

«El objetivo de estos insensatos es convertir una estupidez en particular en una verdad absoluta e irrefutable»

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Desde mi ventana: Todo lo que siempre quiso saber sobre la estulticia y nunca se atrevió a preguntar
Foto: Henry Nicholls| Reuters
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

Reutilizando el título de una película del gran director de cine Woody Allen… uy, perdón… ¡a la hoguera con él y con su cine!

Reconozco que hasta hoy había realizado un profundo esfuerzo de contención. Me he resistido con energía, y he ejercitado todas las virtudes posibles para no caer en la tentación. He trabajado con ahínco para fortalecer mi fuerza de voluntad. He puesto mi mente en blanco cuando la idea me venía una y otra vez a la cabeza, golpeando mi cerebro como un martillo pilón.

Es verdad que la razón principal que albergaba en mi corazón para evitar dar esta batalla era mi convencimiento de que todo estaba ya dicho al respecto, que yo no podía aportar nada más a esta discusión. Era un tema zanjado. Hay escritores, articulistas, periodistas y analistas más sagaces, y mas lúcidos que yo. Gente mucho mejor preparada para afrontar ese tema.

Pero soy débil. He caído. Mea culpa.

La jugosa tentación ha sido demasiado. Finalmente he bajado la guardia. Voy a acometer lo que me prohibí tajantemente: voy a escribir sobre una de las tendencias más relevantes del siglo XXI: la estupidez. Más concretamente, quiero elaborar sobre su ridículo ensalzamiento acometido por ciertas corrientes de pensamiento (ojo con el oxímoron) político. El desencadenante de mi cambio de opinión radica en la explosión de estupideces que se ha producido en pocos días. Casi me asfixio con tanta cantidad y variedad de estulticia, por lo que he decidido leer, profundizar sobre el tema y hacer el esfuerzo autoterapéutico de trasladar mis reflexiones a mis queridos lectores. ¿Puedo aportar un granito de arena para entender y luego derrocar a esta medusa venenosa?

Me encanta empezar citando a Albert Einstein, pues es alguien al que los estúpidos de la turba de lo políticamente correcto aún no han intentado derrocar. Últimamente hasta Winston Churchill ha sido pasto de las llamas de las masas. Einstein nos dejó una perla sobre este tema: «Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro sobre el universo».

Reconozco que he desarrollado una aversión parecida a la del gran Unamuno a la «enfermedad de Flaubert», es decir, a la tontería y la estupidez de los demás (el francés abandonó sus estudios tras sufrir un ataque neurótico, pasando a vivir solamente de la literatura, abandonado a los placeres mundanos; este se convirtió para sus parientes en el tonto de la familia). Pero mi aversión a la memez no es la aversión unamuniana encarnada en los seres estúpidos, en los «otros» Dios me guarde, puesto que estoy convencido de que yo mismo soy un total idiota a los ojos de algunos de mis compatriotas y ¡algunos de ustedes! De hecho, el imbécil a veces logra cosas extraordinarias, pero solamente por audaz e incauto, por tomar riesgos descontrolados, produciendo grandes avances en la sociedad.

Tampoco mi antipatía por la estulticia encaja en el análisis del historiador italiano Mario Cipolla, incluido en Allegro ma non troppo (recogido en Las leyes fundamentales de la estupidez humana). En este inteligente ensayo analiza el impacto en nuestra sociedad de la gran cantidad de seres estúpidos, y el riesgo que representan para todos nosotros. Cipolla destaca que estos individuos se encuentran en todas las capas de la sociedad, son los seres más peligrosos, responsables de la mayoría de las desgracias, tanto históricas y futuras.

Mi disgusto con este tema es algo mas complejo. Mi displicencia es a la proliferación de causas bobas y, sobre todo, a la maquinaria ideológica que las genera, acuna y engrandece. Lamento profundamente que alguien se dedique con tanto ahínco a la incubación de minirreligiones huecas, abonando el nacimiento de sectas, casi todas «políticamente correctas». Existe la indecorosa intención de algunos semejantes de convertir una reflexión completamente vacía de contenido real, sin ningún sentido común, sin base científica real, sin base histórica contrastable, pero adornada por el fétido áurea del buenismo, en un tótem sagrado. El objetivo de estos insensatos es convertir una estupidez en particular en una verdad absoluta e irrefutable. Los que no comulguen con estas ideas, por supuesto… ¡a la hoguera con ellos! Estos desalmados fomentan que hordas de gargantas condenadas a la noche oscura del alma consagren un esfuerzo sobrehumano en abonar esas causas sin sentido, prefabricadas, convirtiéndolas en bombas de relojería social.

Imagínense si todos los esfuerzos de los creadores de estas dinámicas y de sus pobres seguidores, si todos los recursos económicos que generan y consumen las mismas, si todos los costes y destrozos incurridos por sus protestas, si todo ese montante fuera canalizado a algo realmente productivo: al trabajo duro, a la defensa de los derechos humanos, a la verdadera lucha por las desigualdades, al esfuerzo científico, a la consecución de logros deportivos, al análisis intelectual, a la educación, a la creación artística o a ocuparse realmente de las necesidades de sus semejantes.

El culpable de todos estos males es una corriente ideológico-política que ha abandonado la defensa de los intereses de sus pretendidos defendidos, y se ha convertido en el artesano que moldea estas balas de fogueo. Los apparatchiks han mutado en fábrica de causas disparatadas. Estas banderas, ornamentadas con palabras huecas, apoyadas en eslóganes baratos, y construidas sobre un armazón de aparente buena fe, prenden como la mecha entre un publico ávido de convertir su vida en una causa, al estar desprovistos de convicciones mas profundas. El abandono del sentido crítico y de la cultura, el asesinato de la vida espiritual, el enterramiento de los valores cristianos en occidente, el abandono de la familia (ojo, en cualquiera de sus formatos legales) como pilar de la sociedad, el desamparo de la cultura del esfuerzo, el vaciado de la educación de todo contenido capaz de generar reflexión (filosofía, literatura, historia), han dejado un pavoroso vacío mental y espiritual, un campo abonado para la inmundicia.

De manera parecida a lo que hizo Robert Musil en su famosa conferencia de 1937 llamada Qué es realmente la estupidez, he intentado realizar yo también una recopilación de causas estúpidas abrazadas por el sectarismo para dar respuesta a esa inquietante pregunta. Pero, he de reconocer que me he visto absolutamente desbordado. Como él decía, «es como cazar mariposas», pero en mi caso a cañonazos. Como mi ánimo es hacer reflexionar y nunca ofender a nadie que pueda estar temporalmente enajenado por una de estas banderas ideológicas, he preferido mantenerlas en el anonimato, sabiendo que mis lectores, si pausan un rato, podrán elaborar su propia lista de causas y causantes.

La pregunta clave en estos momentos, en mi opinión, es si esta corriente, que más bien parece ahora un huracán, puede acabar con la civilización occidental, con nuestra democracia, con nuestro sistema de valores. Es importante resaltar que, en Occidente, estos mencionados logros y valores nos han permitido vivir en paz y relativa armonía desde la Segunda Guerra Mundial. Simplemente espero y confío en que exista o surja espontáneamente un organismo autorregulador que corrija esta tendencia cuando la misma supere ciertas cuotas, acabando con la Belle Époque de la imbecilidad.

Y, para terminar, merece la pena recordar al filósofo Maxime Rovère, el cual en su último libro (¿Qué hacemos con los idiotas?) expone con acierto que «siempre somos el idiota de alguien, que las formas de la idiotez son infinitas y que el principal idiota está en nosotros».

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