Álvaro del Castaño

Desde mi ventana: Superhombre

«El dolor, y el sufrimiento superado, nos hacen superhombres, nos hacen mejores y nos acercan a Dios»

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Desde mi ventana: Superhombre
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Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

Superman, Spiderman, Batman, y ahora… ¿Painman?

En Occidente, la Pasión de Cristo es la máxima expresión del dolor humano y la cruz, el símbolo del sufrimiento.

Fénelon nos decía que el que no ha sufrido no sabe nada; no conoce ni el bien ni el mal; ni conoce a los hombres ni se conoce a sí mismo. Pero no confundamos dolor con sufrimiento, son totalmente distintos. El primero tiene siempre un soporte fisiológico detectable, es real. El segundo (según Cassell) es el estado de aflicción severa, asociado a acontecimientos que amenazan la integridad de una persona y que exige una conciencia de sí, involucra las emociones, tiene efectos en las relaciones personales y tiene un impacto en el cuerpo. El sufrimiento es una consecuencia del dolor y, al cabo de un tiempo, es solamente una elección consciente.

En una sociedad en la que el objetivo fundamental parece ser evitar el dolor a toda costa, quizá estemos eliminando uno de los pilares del ser humano a lo largo de la Historia. Puede que estemos debilitando nuestra estructura, realizando una nueva evolución darwiniana hacia el homo-stupidus. Nuestra esencia siempre ha estado íntimamente ligada al dolor, desde el padecimiento sufrido durante el parto por la madre hasta el shock del recién nacido al abandonar el útero materno. Nacer duele, vivir debería doler también. ¿La huida ante el dolor nos hace menos humanos y mas débiles? En el origen de la humanidad el ser humano vivía para sobrevivir. El placer, y probablemente la felicidad, eran totalmente espasmódicos y estaban ligados a sentimientos primarios. En los albores de la humanidad el dolor físico era el pan de cada día. Dudo que hubiera un hueco para una profunda consciencia de sufrimiento en nuestros origines, pues vivir era un asunto urgente. Sin embrago, desde hace un siglo el ser humano se ha embarcado en un viaje embriagador cuyo único objetivo es la conquista de la felicidad. Felicidad a toda costa, evitando el dolor y por tanto, el sufrimiento. ¿Por eso el ser humano del nuevo siglo, el seguidor de la estulticia, se ha echado en manos de populistas que prometen todo sin sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor?

Según el budismo, el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Pero la humanidad siempre salió reforzada de los grandes sufrimientos colectivos derivados de grandes catástrofes de dolor: guerras, epidemias y catástrofes naturales. El sufrimiento unía y derribaba fronteras. Cuando se tocaba fondo se encontraba la verdad y la esencia misma de la vida. Cuando una gran sufrimiento colectivo se abatía sobre la sociedad, esta normalmente terminaba reaccionando uniéndose en contra del dolor invasor.

Entonces, ¿qué nos ha pasado tras esta pandemia? ¿Hemos salido «reforzados»? Cesare Pavese afirmaba que sufriendo se puede aprender muchas cosas. Lo malo es que al haber sufrido hemos perdido fuerzas para servirnos de ellas. Me da la sensación de que de esta desgracia colectiva el mayor fruto ha sido la discordia. Nuestros gobernantes han sido totalmente incapaces de gestionar la pandemia con algún tipo de eficacia y se han comportando como meros multiplicadores del sufrimiento. Tras meses de confinamiento totalitario hemos bajado la guardia y se ha creado una especia de Síndrome de Estocolmo colectivo. Todos presos de los mensajes de nuestros cautivadores mendaces y manipuladores. Aunque debilitada por haber perdido fuerzas, la sociedad civil empieza a despertar.

El sufrir no da derechos, pero ha despertado la conciencia de muchos. Y este colectivo de sufridores descontentos no quieren embarcarse en el mensaje oficial, de ahí la discordia.

Me interesa mucho la gente que ha sufrido. Mi teoría es que el ser humano que ha sufrido es un ser superior, un superhombre, es la encarnación de Painman. El ser humano tocado únicamente por la varita mágica del éxito es todo humo. El sufrimiento hace madurar las conciencias, obligándonos a plantearnos las preguntas esenciales de la humanidad (¿por qué?, ¿para qué?). Profundizando en nuestra psique nos hacemos mucho más complejos, desarrollamos matices y comprendemos mejor a los demás. Cualquiera que ha sufrido es capaz de entender mejor al diferente, al marginado, pues tiene la mirada del calor humano. Esa mirada que percibe el dolor ajeno, como un radar de sentimientos. Esa mirada analítica, perspicaz e inmediatamente compasiva que los distingue de los demás. Son los superhombres de la mirada tierna.

Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento, nos recordaba Viktor Frankl en su eternamente necesaria obra El hombre en busca de sentido. La clave está en haber convivido con el padecimiento severo sin haberse ahogado en él. Porque sufrir sin aprender no sirve absolutamente para nada. Hay que trabajar el músculo del sufrimiento porque hace más fuerte nuestro sistema emocional. El que ha aprendido a sufrir, no tiene miedo. Por lo tanto, el ser humano que se ha enfrentado al sufrimiento, ha convivido con él y lo ha domesticado, desarrolla una capacidad increíble de vivir con el dolor sin ser infeliz. Anatole France escribió que sabiendo sufrir, se sufre menos, o dicho de otra manera, se aprende a convivir con el sufrimiento.

El sufrimiento tiene una interesantísima relación con el factor tiempo, pues la anticipación de la realidad futura del dolor puede causar sufrimiento. Por eso mismo los superhombres de los que hablo hoy han desarrollado la capacidad inversa, pues tienen el superpoder de rebajar su carga de sufrimiento presente usando su estrecha relación con la dimensión personal futura.

Martin Luther King proclamó que quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de redención que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado. De ahí que el cristianismo pueda llevar a la perfección espiritual, porque conjunta el mensaje del amor (íntimamente unido al sufrimiento) con el del desarrollo de la capacidad de sufrir, ofreciéndolo por los demás. La madre Teresa de Calcuta decía que nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él.

El dolor, y el sufrimiento superado, nos hacen superhombres, nos hacen mejores y nos acercan a Dios. La paradoja es que, pese a todo, nadie quiere sufrir.

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