Jordi Bernal

Desgaste

“El poder desgasta a quien no lo tiene”. La frase de Talleyrand, que Andreotti popularizó antes de que Coppola la parafraseara en la trilogía de El Padrino, adquiere relevancia en el actual escenario político español. Ciudadanos decidió investir presidente a Rajoy con condiciones programáticas pero manteniéndose en la pertinaz oposición. En uno de los mejores discursos que le he escuchado Albert Rivera justificó el donde dije digo… apelando a una convincente y valiente responsabilidad de estado; esa de la que carecen tanto los hórridos populistas como el nacionalismo desleal (valgan las redundancias). C’s ha ensayado la estrategia del apoyo condicionado y centrífugo a nivel autonómico. Parece ser que la experiencia ha funcionado razonablemente.

Opinión

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Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

“El poder desgasta a quien no lo tiene”. La frase de Talleyrand, que Andreotti popularizó antes de que Coppola la parafraseara en la trilogía de El Padrino, adquiere relevancia en el actual escenario político español. Ciudadanos decidió investir presidente a Rajoy con condiciones programáticas pero manteniéndose en la pertinaz oposición. En uno de los mejores discursos que le he escuchado Albert Rivera justificó el donde dije digo… apelando a una convincente y valiente responsabilidad de estado; esa de la que carecen tanto los hórridos populistas como el nacionalismo desleal (valgan las redundancias). C’s ha ensayado la estrategia del apoyo condicionado y centrífugo a nivel autonómico. Parece ser que la experiencia ha funcionado razonablemente.

Ahora, sin embargo, se enfrenta a una coyuntura un tanto más compleja, ya que sus votos no son decisivos, y en la que deberá lidiar con brillantes jugadores de naipes. Desde Gaziel sabemos que el catalán es un pésimo estratega en el tapete verde de la política. Impaciente, convulso y poco apto para sutilezas tácticas y diplomáticas. Todo está en el Jaume Canivell de La escopeta nacional, cítrica crónica de un país en perpetuo cambalache. Y Ciudadanos, tal y como le gusta recordar al sector pleistocénico de los populares, es un partido de origen catalán. Así que veremos si es capaz de sobrevivir a una situación en la que las dos grandes formaciones (PP y PSOE) están interesadas en reflotar el bipartidismo devolviendo la autodenominada “nueva política” a la categoría de anécdota.

Articulistas perspicaces y buenos conocedores de Ciudadanos, como Arcadi Espada y el colega subjuntivo José María Albert de Paco, consideran un error próximo al descalabro la negativa de la formación naranja a entrar en el nuevo gobierno. No sé yo, la verdad. Más allá de la cabal contribución al desbloqueo, Ciudadanos se presentó como un proyecto opuesto al del actual Partido Popular, lastrado, según los de Rivera, por la corrupción, necesitado de regeneración interna y de renovación en las merkelianas recetas económicas y sociales. Rupestres y alejadas del ecosistema laboral del siglo XXI.

De esta manera la renuencia a formar parte del estrenado Ejecutivo debería leerse como la (media) palabra cumplida ante unos votantes que, en principio, no querían otro gobierno presidido por Mariano Rajoy Brey. Puede que la decisión haya sido errónea. Puede que la jugada haya sido timorata o, por el contrario, demasiado audaz. Puede que la sentencia de Talleyrand/Andreotti/Coppola sea  fulminante como un epitafio granítico. En cualquier caso, observaremos cómo se mueve el catalán entre expertos en el atávico arte del naipe y hábiles dominadores de tempos.

No estaría de más que Rivera, admirador de Suárez, tuviese en cuenta aquella ocasión en que un hipotéticamente débil Tarradellas ganó la partida de las negociaciones tras una reunión a grito pelado en el epicentro del poder nacional. Ganó Cataluña. Y también toda España.

 


 

 

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