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Desinformación política: verificando el contexto

Foto: Tim Ireland | AP

En un reciente estudio, Robyn Caplan explica lo fácil que resulta cometer errores al censurar comentarios en las redes si se pierde de vista el contexto del que proceden. A veces una afirmación debe ser retirada inmediatamente y otras no constituye algo problemático. Aunque el informe se centra en el funcionamiento de la moderación en plataformas digitales, la separación entre contenidos y contexto puede resultar útil también en la batalla contra la desinformación. ¿En qué escenarios darle el alto a una afirmación engañosa?

Este puede ser un año de elecciones en España y será un año de elecciones al Parlamento Europeo, las primeras desde que conocemos los efectos perniciosos de los bulos y su expansión a través de bots y propaganda automatizada. Si en toda campaña se disparan las noticias políticas escandalosas, una votación multinacional puede reforzar esa tendencia. Además los comicios se producirán todavía en un clima de crisis económica, institucional e ideológica, con el drama de la inmigración interpelando a una Europa sin soluciones humanas y eficientes, lo que ha impulsado junto a otros factores el ascenso de la extrema derecha.

Organismos públicos y grupos vinculados a los medios de comunicación y el fact-checking político se han puesto en guardia ante lo que pueda estar por venir, conscientes de que los bulos ya saltan fronteras comunitarias hace años. También se han animado a denunciar patrañas muchos ciudadanos bienintencionados que sin embargo tienen ahora sus primeros contactos con esta materia. Este relato sobre la falsa agresión por parte de un musulmán, analizado por la investigadora Mari Luz Congosto, se inició en Rusia y pasó por estados como Turquía o Francia además de llegar a España, desde donde conectó con América Latina.

 

Desinformación política: verificando el contexto

Donald Trump saluda a sus votantes tras resultar elegida presidente de Estados Unidos el 9 de noviembre de 2016. | Foto: AP Photo | Evan Vucci

La ventaja es que tras los sobresaltos del Brexit y las elecciones estadounidenses que ganó Donald Trump en 2016 ya no existe el efecto sorpresa, que fue el arma principal de las primeras campañas digitales encubiertas a gran escala. Ahora todos los vigías están en sus puestos y no se deja pasar ningún contenido de origen desconocido. La desventaja es que en ese proceso de frenar a cada visitante a la entrada podamos perder una energía que no tengamos. También, que estemos perdiendo una visión de conjunto esencial: no dejes que los árboles te impidan ver el bosque.

El contenido puntual que nos afanamos en desmentir es el cebo, el propósito general (desestabilizar y hacer ruido) es el que gana

Hay pistas de la tonalidad de ese bosque: mucho bulo contra los inmigrantes, las mujeres, los chupatintas (de los parados subvencionados a las regiones que “no trabajan”); filtraciones que denigran a autoridades; confidencias que exponen la vida privada de los representantes públicos; chivatazos que subrayan la invalidez del sistema democrático en su conjunto. Noticias, en fin, que no lo son y que llaman al desconcierto, la desconfianza general y la abstención, siempre beneficiosa para las fuerzas más polarizadas. Todas son del mismo tipo y solo cambia el lugar y los protagonistas. Entonces, ¿por qué no recordarle al ciudadano estos procesos subyacentes, más que la mentira en sí? El contenido puntual que nos afanamos en desmentir es el cebo, el propósito general (desestabiliza y haz ruido) es el que gana.

Algunos expertos han advertido ya de los riesgos de la amplificación. Como todavía no disponemos de sistemas perfectos para enviar un desmentido sólo a quienes compartieron la mentira original, a veces descuartizar una falacia inevitablemente da a conocer su fuente a nuevas personas, proporcionando a los trols la posibilidad de escalar su falso debate. Algunos textos importantes en este proceso de comprensión han sido: “Manipulación mediática y desinformación online” (Alice Marwick y Rebecca Lewis, 2015); “El oxígeno de la amplificación” (Whitney Phillips, 2018); o “Manipulación mediática, amplificación estratégica y periodismo responsable” (Dana Boyd, 2018). Recientemente se han referido a esta cuestión en sus consejos para verificar la especialista Claire Wardle (First Draft: “5 lecciones para coberturas en la era de la desinformación”) y el periodista Daniel P. Funke (Instituto Poynter: “He cubierto desinformación más de un año. Esto es lo que he aprendido”).

A veces no es tan importante lograr demostrar la manipulación digital de un contenido como preguntarse quién lo ha querido poner ante nosotros para que circule.

En el libro “Verificación digital para periodistas” (Myriam Redondo, 2018) hay un capítulo dedicado a las fuentes y su motivación, especialmente cuando son anónimas. Tiene poco de digital y mucho de reflexión analógica. El motivo de introducirlo en una obra de orientación técnica fue hacer entender a quienes aprenden a verificar que a veces no es tan importante lograr demostrar la manipulación digital de un contenido como preguntarse quién lo ha querido poner ante nosotros para que circule.

En tiempos electorales este prisma es importante. ¿Cuál es el contexto en el que nos llega una pseudonoticia, un falso dato o una afirmación intencionada? Hace años que la información parlamentaria se ve aquejada en Occidente por el error del “Él dice, ella dice”. Se contraponen los argumentos de equipos enfrentados, quedando el espectador sin verdadera comprensión de lo ocurrido. Esto es especialmente visible en televisiones y emisoras nacionales los fines de semana: otra actualidad escasea y se da tiempo de antena a portavoces en su acto promocional del domingo. Bailan un vals de declaraciones pendulares sobre el tema del momento. Uno puede pensar que lo lógico es verificar y llegar hasta el fondo del asunto, demostrando cuál de las dos partes tiene la razón. En ocasiones es necesario hacerlo pero en otras, por reiterada, la mentira no merecería acceder de nuevo a ningún micro y se estaría cayendo en el “él dice, ella dice” de la verificación. Hay que elegir bien en qué batallas se entra y sobre todo tener cuidado con las que están llenas de matices partidistas. Y conviene recordar los modos clásicos de manipulación sin pensar que han desaparecido con la llegada de los nuevos, como advierte este hilo del periodista de El País Javier Salas. Exponer una mentira en un título es también repetirla.

Vox condiciona su apoyo al pacto de PP y C's a quitar el respaldo a la ley de violencia de género

Foto: AP Photo | Manu Fernandez

Tras conocerse los resultados electorales en Andalucía y la irrupción en ellos de la extrema derecha se multiplicó la atención hacia Vox y  su líder, Santiago Abascal. Su sobreexposición era evidente, no proporcional con el número de escaños obtenidos. El tratamiento alarmado se justificaba por el ascenso fulgurante de la formación, pero apuntar los perjuicios de algunos candidatos basándose en detallar las barbaridades que han dicho no les hace desaparecer, como enseñó la victoria de Trump.

Con el tiempo los medios han ido regulando algo esta atención hacia Vox y es esperable que lo hagan aún más, pues algunos periodistas ya han alertado que está en la propia estrategia de determinados partidos y en particular de éste el irritar para ganar espacio. El consultor César Calderón recuerda lo importante que es marcar agenda en una campaña y atraer a los votantes a temas propicios, evitando los que impulsa el contrincante. China es reconocida como la gran maestra del control poblacional. Cuando se ha analizado su estrategia se ha observado que no pone tanto énfasis en censurar contenidos críticos como en distraer con otros apetecibles. La agenda y el framing o enmarcado de los temas son el campo de batalla y estaría bien que la verificación no cayese en su barro. El barro del contexto.

 

Cuatro ideas para periodistas contra la desinformación

Los periodistas obligados a informar sobre la última hora electoral, y en especial los de agencias, estarán pensando que es fácil hablar lejos del frente de guerra: ante el ordenador, apremiado y con un posible bulo que desmontar por delante. Reflexionar sobre si conviene o no entrar al trapo de una mentira política es efectivamente un consejo de sofá, y cada decisión tiene que ser tomada caso a caso por la redacción. Sólo puedo aportar cuatro ideas que quizá ayuden, abiertas al debate.

En falacias cuya estructura y finalidad se repite introduciendo tan solo pequeñas variantes en la narración, pueden elaborarse pastillas de contenido o infografías a modo de argumentario que sean las que se le presenten al ciudadano cada vez que un bulo del ramo se viralice. Le inmunizarán al menos en parte contra esa mentira, la anterior y la siguiente.

Desinformación política: verificando el contexto 1

Foto: AP Photo | Moises Castillo

En segundo lugar, la verificación tiene que ir ligada a la actualidad, y muchas veces no habrá otra opción que ir tras ella. Pero podemos tratar de consolidar la idea de verificación preventiva, planificando sobre qué tendencia se trabaja próximamente sin esperar a que un bulo obligue a ello. The Washington Post juega con ese adelantamiento en esta lista de posibles mentiras inminentes de Trump sobre migración. Desarrollando investigaciones digitales prospectivas a medio y largo plazo, que son compatibles con el desmentido puntual diario, se evitaría algo más la emboscada de la agenda partidista. No todos podemos ser Bellingcat, cuyas avanzadas investigaciones siempre parecen ir por delante, pero se puede imitar su espíritu de independencia.

En tercer lugar, sería posible establecer en cada medio rangos de número de avisos o interacciones mínimas que sean los que lleven a la decisión de desmontar un bulo, igual que en las plataformas digitales hay ciertas pautas sobre cuándo se censura un comentario. Habrá que ajustar ese umbral en muchos casos, pues la importancia de una mentira no sólo se observa por la cantidad de veces que ha provocado reacciones sino también por otros aspectos como su ritmo de avance o la relevancia de quienes la comparten, pero sería indicativo de hasta qué punto esa pseudoinformación se ha convertido realmente en un problema. Informar al lector de estas cifras constituiría además un positivo gesto de transparencia.

Por último, lo más importante sería educar en estas cuestiones para que el ciudadano huela a quemado antes de que nadie le diga que hay fuego. Sería deseable alfabetizar más sobre desinformación digital para que se entienda que las tácticas y estrategias tras el engaño suelen ser las mismas y vienen de lejos. La necesidad de formación aumenta teniendo en cuenta que según todas las previsiones cada vez habrá más mentiras que circulen por canales donde los verificadores no pueden entrar (como Whatsapp). Los equipos de verificación tienen una gran tarea de desmentido diario y también de explicación a sus seguidores más inexpertos en este campo.

Las campañas de desinformación solo calan en una población desmotivada y hastiada de incumplimientos reales

La posible consolidación de partidos antisistema en las elecciones europeas y las que vengan serán el resultado de decisiones humanas, no de algoritmos, automatizaciones ni campañas de desinformación. Estas solo calan en una población desmotivada y hastiada de incumplimientos reales. Sin embargo, preguntándonos más profundamente por el contexto analógico de un contenido digital falaz (fuentes, motivación, finalidad, consecuencias, ganancia/pérdida del desmentido) podemos reducir su perversión potencial en un momento político confuso.

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