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Después de todo

Estabas con unos amigos de cena, y era viernes por la noche y el plan no se iba a demorar demasiado, un par de horas como mucho, aunque en la insistencia de los colegas se avecinara lo peor, como casi siempre. Una vuelta y para casa, sí, que es como decir el principio del fin. Al final, claro, cedes, venga, una y ya está: ese es el tío, responden. Sin embargo, en esa noche se cumplió la excepción de toda regla, y por sorprendente que pudiera resultar, cumpliste la promesa de no recogerte a las tantas. Al día siguiente madrugabas, a pesar de ser sábado –qué mayor estoy, pensaste-, aunque no sabes muy bien para qué: ¿trabajo atrasado? ¿Salir temprano para echar el día en el campo? No, ya: la convivencia en la sierra. Eso era. Te acuerdas, ahora mejor, de que estabas en los postres, camarero la cuenta, y que en ese instante, al alzar la mano, con toda la torpeza, tiraste la copa. Ala, otra vez, vaya cómo lo has puesto. Y entonces, alguien con el móvil, oye, ¿habéis visto esto?

En París, en la sala Bataclan, unos terroristas, armas de fuego en mano, entraron y dispararon a la multitud. Y ahora, la confusión. Y las noticias que iban sucediendo con cuentagotas. Y las primeras imágenes en las redes sociales. Y contacta con tal, y mi amigo está de Erasmus allí. Al día siguiente llegaron más reportajes, y se iban conociendo todos los detalles, como dicen en la jerga del periodismo. El horror, sí. Un horror que desde el 11-S o el 11-M pocos recordaban.

Pasó el año, y volviste al lugar de aquella noche, con aquellos amigos. Pero no hubo madrugón ni falsas promesas cumplidas, y un una y para casa fue lo que siempre ha sido: las ocho de la mañana. Tampoco hubo ese oye, mira, de las malas noticias ni te doy por escribir un tocho de los tuyos en tu muro de Feisbuk, sentencias breves en el timeline de Tuiter. Nada de eso. Porque no entraron en Bataclan a sembrar su odio, porque en los restaurantes de París persistió el bullicio, porque los ciudadanos, por inmenso que fuese el dolor, se sentaron allí, en las terrazas de los atentados, como si nada hubiese ocurrido. Porque se podría decir que, después de todo, hemos ganado.

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