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Después del 155

Foto: Christian Charisius | AFP/DPA

La semana pasada se cumplió medio año de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Tras rozar el conflicto civil, el anuncio del presidente Rajoy supuso un alivio -también para muchos independentistas-. El cese de todo un gobierno autonómico y de decenas de cargos no ha alterado el funcionamiento de la administración. Los servicios públicos funcionan como siempre. Y se paga en menos tiempo. Por otra parte, la convocatoria de elecciones pilló a contrapié a los partidos independentistas que se presentaron a la contienda con dos promesas: la liberación de los políticos encarcelados y el fin de la aplicación del artículo 155. La implementación de la República ya no era creíble después de la espantada de algunos de sus protagonistas, pero, si bien la primera promesa está en manos de los jueces, la segunda sólo requiere la formación de un gobierno de la Generalitat acorde con la legalidad. Sin embargo, pasan los meses y sólo los procesólogos entienden esta parálisis. Podríamos decir que las facciones separatistas disimulan sus luchas cainitas con su teoría del espejo. Dicen que provocan investiduras fake para mostrar al mundo el supuesto autoritarismo del Estado. En fin, “jugada maestra”.

En contra de lo que algunos preveían, con el 155 cada día son menos los catalanes que en las encuestas apuntan a la independencia como opción preferida. ¿El éxodo de las empresas? ¿El nulo apoyo internacional a la causa? ¿Las mentiras en general? ¿El cansancio? Quién sabe. Las causas de este descenso son tan múltiples como poco estudiadas. Sin embargo, la intención de
voto a los partidos independentistas no decae. Es la fuerza del comunitarismo. Serán unos mentirosos irresponsables, pero son nuestros mentirosos irresponsables. Y, además, el tam-tam sigue funcionando. A TV3 se le ha agotado toda credibilidad fuera del mundo independentista, pero en éste sigue siendo un potente agente de agitación y propaganda.

Si forman gobierno bajo la sombra de Puigdemont, quizá no vuelvan a saltarse la ley de manera evidente, pero no cabe duda de que no trabajarán para la reconciliación. Más bien parece que seguirían con lo que Daniel Gascón ha definido como golpe posmoderno, esa manera de ir rompiendo con el Estado sin que se note cuándo se ha cruzado la línea roja, de disfrazar de democracia la vulneración de la ley o de vender como pacífica la imposición y la intimidación. Victimismo matón, dice Gascón.

En definitiva, se paró un golpe, pero nada indica que no estén esperando mejor momento para asestar el siguiente. El constitucionalismo ha ganado la batalla de los hechos, pero nadie se ha rendido en la estratégica guerra del lenguaje. Desmontar una mentira es mucho más costoso que lanzarla a las redes. El populismo parte con ventaja, pero es en ese terreno del lenguaje en el que nos jugamos parte importante del futuro de la democracia. Y los Estados occidentales no parecen aún preparados para ese frente comunicativo. Es uno de los puntos débiles de la joven democracia española, pero también lo es de las más antiguas, como la británica o la estadounidense. Lo destacaba Mark Thompson en Sin palabras: el gobierno moderno es comunicación, pero en los ministerios faltan escritores, artistas gráficos o productores multimedia. Cuando acabe este 155, la lucha por las palabras seguirá. Invertir en la narrativa nos podría evitar otro otoño en el abismo.

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