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Después

No cabe duda de que Podemos es una rama del entertainment. Su presencia en los medios de comunicación y las redes sociales ha sido constante, en una suerte de metarrelato en marcha dedicado a comentar en tiempo real la vida política de la formación. Sucede que los acontecimientos ligados a esta última han escaseado de forma alarmante desde que el partido quedó fuera de juego en las elecciones de diciembre: al fallido sorpasso se ha sumado un entendimiento entre los partidos setentayochistas ante el que Podemos no ha sabido oponer una respuesta coherente. De ahí que los últimos meses hayan estado dedicados a la política más vieja del mundo, o sea, a una lucha por el poder presentada como pulso programático entre el reformismo errejonista y el radicalismo pablista. La victoria del segundo confiere al primero el melancólico brillo de las posibilidades no realizadas: otro paraíso perdido para la historia política.

Recordemos que este entretenido folletín tiene su origen público -sobre la historia íntima del desencuentro sabemos menos- en la coalición electoral con Izquierda Unida. Es Iglesias quien impone el acuerdo contra el criterio de un Errejón más partidario de seducir que de asustar. Para los escépticos: aunque ésta siempre fue una discrepancia táctica antes que ideológica, no olvidemos que la propia socialdemocracia nace del repliegue táctico de una parte del comunismo. ¡Las formas importan! Y el diálogo con otras fuerzas políticas habría moderado a Podemos de manera natural. Pero eso es ya ucronía: el hecho es que el partido perdió un millón de votos e Iglesias no quiso darse por enterado. Una vez que el melodrama personalista ha terminado en Vistalegre, flota una pregunta en el aire: ¿ahora, qué?

Si todo congreso es una operación de imagen, no puede decirse que Podemos haya salido reforzado del suyo. Naturalmente, sus más fervientes partidarios dirán lo contrario; pero para eso son fervientes partidarios. Lo cierto es que Podemos ha ido encerrándose en la esquina de la izquierda radical, agotando gradualmente sus reservas de transversalidad y cercenando, con ello, sus más interesantes oportunidades de desarrollo. Me pregunté hace meses si estábamos ante un tradicional partido de crisis, síntoma de un descontento agudo pero coyuntural, o ante una crisis de los partidos tradicionales. Hoy sabemos que se trata de lo primero: Iglesias y los suyos son un partido de protesta que, ubicado en la extrema izquierda, debe renunciar a sus viejos sueños mayoritarios. Hasta el punto de que, bien mirado, podríamos decir que fue Izquierda Unida quien absorbió a Podemos y no al revés.

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