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Destructora y humillante esclavitud

Foto: Evan Agostini | AP

Entre las razones que arguye Chesterton en su conversión al catolicismo no se cuenta como menor el hecho de que, según el escritor inglés, “solo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo”. Degradante obligación la de vivir según la corriente de los tiempos, qué duda cabe. No obstante, los que no hemos sido tocados con la bendición de la fe divina encontrábamos cierto alivio presente en la película anual de Woody Allen, que por obra y gracia del fanatismo imperante, parece haber llegado a su fin o al menos a una pausa peligrosa. La turba alzada contra un hombre al que los tribunales han absuelto ha conseguido que se imponga la cruel censura de la corrección política.

Así pues, 2018 acaba un poco más lúgubre con este triunfo de la siniestra mediocridad contra esos modestos, luminosos y sabios artefactos que el cineasta construía con el propósito de aligerarnos la existencia y entretenernos la espera del inevitable viaje al otro barrio. Sin ser un alleniano convencido, reconozco que incluso en sus películas menos logradas encontraba esa persistencia admirable en la rúbrica de un universo cinematográfico auténtico y personal. De ahí que, a tenor de sus obsesiones, pasiones, neurosis y toda la gama de asuntos recurrentes en su filmografía, pueda entender a sus detractores pero encuentre imperdonables a sus censores.

Para los que todavía apreciamos un cine que no se doblega al imperio banal de los (d)efectos especiales ni imposta una trascendencia hecha de bostezos, la retirada forzosa del cineasta neoyorquino es una pésima noticia y una alerta de los desarbolados tiempos venideros. Queda el consuelo, si sirviera de algo, que a la sazón su última película tal vez sea uno de los cierres de obra más coherentes, espléndidos y hermosos. Revisitar Wonder Wheel también puede salvarnos de destructoras y humillantes esclavitudes.

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