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“Dile a Hillary que esto es personal y además son negocios”

Aunque se atribuye al general y presidente Porfirio Díaz, fue el intelectual mexicano Nemesio García Naranjo quien alumbró el lamento nacional por excelencia en México: “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. La Doctrina Monroe y aquello de “América para los americanos” guió la política exterior americana, para desgracia de México, que estaba a tiro de piedra y llena de petróleo.

El auge del narcotráfico ha hecho en la práctica irresoluble esta desconfianza histórica. Aunque no se verbalice, en la DEA –y no solo en la DEA– parten del convencimiento de que ningún alto dirigente mexicano (menos aún del PRI), está libre de relaciones con el narco. En las élites mexicanas, en cambio, el reproche es que ellos padecen y libran una guerra sangrienta que se alimenta de los consumidores de Estados Unidos y de los libérrimos vendedores de armas de la frontera. Fruto de esa situación, además, la economía de EE.UU. se sirve de mano de obra barata que huye del horror.

Debido a la vecindad con la superpotencia y a los agravios históricos, México es un país orgulloso de su identidad amenazada. ¿Por qué, entonces, recibir a Trump, que habla de muros y dice de los mexicanos que son asesinos y violadores? Porque si bien México tiene un problema con Estados Unidos, sobre el agravio nacional ha prevalecido esta vez una vieja pelea política y personal. La que mantuvo la Administración Clinton contra el presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), valedor de los actuales dirigentes de México, que pertenecen mayoritariamente a su clan político dentro del PRI.

Salinas de Gortari había firmado con Bush padre el NAFTA, un tratado de libre comercio, aunque tras la llegada de Bill Clinton en 1993 éste lo renegoció e impuso restricciones a productos mexicanos. En el entorno del expresidente mexicano se insistió en que la así llamado Efecto Tequila de 1994 no se habría producido en las mismas proporciones sin las modificaciones del tratado. Aunque el asunto más tirante (y el que más parece haber pesado aquí) es otro. Cómo no, el narcotráfico.

Ya en 1992 Estados Unidos había condenado a dos familiares del presidente Salinas por tráfico de drogas, y el propio hermano del presidente sería acusado de lo mismo, así como de lavado de dinero y nexos con cárteles. En 1992, De Gortari impuso fuertes restricciones a la actuación de la DEA en México. A finales de 1994, el gobierno de Clinton entregó al presidente electo mexicano, Ernesto Zedillo, una lista con los políticos mexicanos sospechosos de mantener vínculos con el narcotráfico, cuando no de ser ellos, directamente, los capos. ¿Quién había en esa lista? Básicamente, el clan político y familiar de Gortari del que han salido los actuales dirigentes mexicanos.

20 años después, la candidata Clinton paga una decisión de su marido Bill, que señaló con el dedo quién y cómo traficaba en México desde las altas instancias. La venganza se sirve fría. Retorciendo la frase de El Padrino se explica la acogida al lenguaraz Trump en México para que su campaña remonte: “Dile a Hillary que esto es personal y además son negocios”.

 

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