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Dionisio en Silicon Valley

Foto: Shannon Stapleton | Reuters

Dionisio, hijo de Zeus, es el dios de la embriaguez, pero es también el dios de la vida inconsciente, con lo que es el nexo entre este mundo y otro cubierto por el misterio. Él simbolizaba la regeneración, y también la fertilidad. Se le veneraba en rituales (orgeia) secretos, en los que se bailaba y bebía vino para entrar en trance (enthusiasmus), y realizar en común todo tipo de acto sexual. Nietzche explica, en El origen de la comedia, que la práctica de los ritos en torno al dios (o diosa) griego lleva a quienes participan en ella al olvido de este mundo y la pérdida de conciencia de uno mismo. Durante el rito desaparecen las personas, es decir, los papeles que cada uno juega en sociedad, desaparecen las normas, y se vuelve a una vida animal. Las bacanales eran focos de conspiración para el crimen o para la política (una rama más ordenada del crimen), por lo que fueron prohibidos por el Senado romano, salvo autorización expresa.

Valentín, el gnóstico, decía que el estado original de la humanidad era el de androginia, y que cuando se produjo la “caída” a este mundo material vino acompañada por la maldición de la división entre sexos; una idea que debió de coger del diálogo sobre el amor de Platón. Para volver a restaurar esa unión original de los sexos y volver, por tanto a Dios, a muchos les pareció una buena idea dar contenido carnal a esa unión, en orgías gnósticas que aún tienen fama.

Vanity Fair recoge en un reportaje las fiestas de la comunidad empresarial de Silicon Valley que culminan en orgías. Como en tantas ocasiones, no puede acceder cualquiera a esas bacanales, y por un lado se crean sobre la pretensión de que ellos no son como los demás, y no tienen por qué vivir por las mismas normas que constriñen al resto. Una comunidad tan tecnológica, por otro lado, no podía dejar que un proceso conocido desde hace miles de años, como es la destilación del vino, les condujese al entusiasmo y la desinhibición. Y utilizan métodos propios de un laboratorio, y no de un lagar. Rotas ya las normas, ¿por qué no las que Sillicon Valley asume como propias? Así, los valores con los que fustigan a la América profunda, como la condena del machismo, allí no imperan. Es, de nuevo, una puerta a otro mundo, al que nuestras normas no pueden acceder.

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