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Opiniones libres de algoritmos

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Dios y Willy Toledo

Foto: IMDB

Nuestros enemigos nos definen. “Pido que me juzguen por los enemigos que he hecho”,  que dijo Roosevelt. O sea, que la grandeza de los enemigos es un indicador de la grandeza de aquello que se ataca, del objeto de esa enemistad. Siguiendo esta lógica, los enemigos de España, o mejor, los enemigos del Estado, dan una idea cabal de la mediocre actualidad en la que chapoteamos. Hubo un tiempo no muy distante, durante las dictaduras y los tiempos bélicos, donde los que luchaban por expresar sus opiniones se jugaban su vida, además de la de los suyos. Ahora, a golpe de tuit, se juega de puro aburrimiento a los héroes. Y la tan cacareada libertad de expresión, en el presente, se reduce a exabruptos digitales a la altura de los niños de una escuela infantil. Me refiero a la nueva gamberrada sintáctica de Willy Toledo, del que siempre espero, sin resultado, más altura intelectual en sus payasadas mediáticas.

No entiendo a los cristianos que se escandalizan, por otra parte. Peor para ellos. Cagarse en Dios es elevarlo a la categoría de cuanto existe, rescatarlo de la nebulosa de la abstracción. Defecar sobre Dios implica existirlo, de lo contrario sería una cagada inútil, sin diana. Por ende Willy, el sempiterno adolescente, el Peter Pan de la España capitalista de chichinabo, defensor anácronico de la bondad humana y la perversa influencia de los sistemas, ha vuelto a cagarla, sí, aunque en otro sentido, y se convierte así en la constatación de la falta de heroicidad. Lo lamentable no es la blasfemia, tan antigua como el hombre o la fornicación. Imagino que Dios, esbozando una media sonrisa, se dice pobre hijo mío con divina condescendencia. Dios echa en falta enemigos más emocionantes y el sistema echa en falta enemigos menos infantiles, sin espadas de juguete. Esta mañana, viendo en Twitter los comentarios de los defensores de la opinión, casi me echo a llorar. Menos mal que luego me he sumergido en la lectura de El don de la fiebre (Seix Barral), que habla de Olivier Messiaen, que ese sí que fue un héroe que compuso en el campo de prisioneros Stalag VIII-A su divino Cuarteto para el fin del tiempo. El autor de la muy bien ejecutada novela, Mario Cuenca, narra las peripecias de quien supo expresar la opinión de Dios en medio del infierno.

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