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Discutir a Dios

Foto: Wikimedia Commons | Wikimedia Commons

Un hecho singular acaeció el pasado 14 de octubre en el Pabellón de Cristal madrileño ante un millar largo de asistentes.

En primer lugar, lo que los convocaba no era un espectáculo deportivo o artístico, sino un debate. Tengo para mí, desde hace ya años, que una de las principales diferencias entre la cultura anglosajona y la nuestra es que allí los debates apasionan de veras, aquí solo de boquilla. Puedes notar enseguida que mucho público se revuelve, incómodo, si dos ponentes de cualquier ocasión académica o cultural se enzarzan en una discusión contundente; incluso aunque se haya publicitado como tal. Solo unos pocos nos arrellanamos en nuestros asientos. Cuando estudié en la Universidad de Salamanca la carrera de Filosofía, una especialidad que en principio se prestaría a la discusión constante, vi transcurrir los cinco años que duraba la licenciatura sin que ningún profesor sugiriera nunca algo así como “Bueno, ahora vamos a dedicar el resto de la clase a debatir estas ideas de, qué sé yo, el pensador Voir M. Granovetter”. Decía Ludwig Wittgenstein que un filósofo que nunca discute es como un boxeador que jamás saltara al ring; mas en España nos gustan más los masajes que nos pueda dar el entrenador, el público, o incluso el supuesto contrincante. La cosa ha llegado tan lejos que el Ayuntamiento de Madrid ya convoca, incluso, “debates” en los que se reserva la participación a solos los que estén de acuerdo con la propuesta de la alcaldesa por discutir.

El pasado 14 de octubre en el Pabellón de Cristal, empero, la cosa se planteó desde el inicio como un debate y sin restringirlo a gente concordante. Se trató además de una porfía bien seria tanto por su temática (Dios, el mal, la libertad), como por sus dos ponentes: el sacerdote Julián Carrón, presidente de Comunión y Liberación, ante Pedro G. Cuartango, periodista de ABC y agnóstico rotundo. Organizaba todo Encuentro Madrid.

Es este el segundo aspecto que vuelve singular nuestro acontecimiento. Incluso en círculos religiosos resulta un tanto insólito ponerse a discutir sobre Dios, sin más. No escasean empero en tales ambientes las charlas sobre la sociedad, sobre pastoral, sobre diversas preocupaciones económicas, sobre los esfuerzos interreligiosos o ecuménicos, sobre la propia organización de la Iglesia, sobre tal o cual aspecto exegético. Y cómo podríamos negar la relevancia de todo ello. Pero si recordamos el pasaje que nos refiere Lucas (10, 38-42) sobre Jesús y sus amigas Marta y María, quizá esas preocupaciones se cuenten más entre las que embargaban a la primera que entre las que recomendablemente cautivaron a la segunda. ¿Por qué no hablar a veces, incluso a menudo, tan solo de Dios?

Esta pregunta nos conduce a otra: pero ¿se puede hablar todavía de Dios? Decía Theodor W. Adorno que después de Auschwitz resultaba barbárico escribir aún poesía; ¿no corresponde también a almas un tanto bárbaras el seguir creyendo en un Dios bondadoso tras tanto horror? Lanzado al ruedo del debate por Cuartango, este interrogante recoge no solo las dudas del agnóstico en nuestra era: desde Epicuro hasta Leibniz se ha arrostrado una y otra vez la paradoja de que un Dios bondadoso consienta el mal. ¿Por qué nos deja sufrir a sus presuntos hijos amadísimos un presunto padre que presuntamente podría evitarlo con solo una palabra de su boca, con solo un gesto de su mano? ¿Qué otro tipo de padre actuaría así sin ser detenido por los servicios sociales de protección a la infancia? ¿Debería arrestarse y luego castigar terminantemente a Dios? La famosa pregunta de Elie Wiesel en su campo de concentración (“¿cómo es posible que se queme a hombres, a niños, y el mundo permanezca callado?”) se vuelve más turbadora si uno se inquiere por qué el Todopoderoso que todo lo ve también calló.

Es igualmente Wiesel el que nos recuerda que una noche, en Auschwitz, tres rabinos decidieron dar un paso al frente y someter por fin a juicio sumario a ese Dios que consentía que masacraran a sus hijos. Más tarde escribiría él mismo una obra de teatro sobre ello, El juicio a Dios. La sentencia de aquellos rabinos fue entonces tajante: Dios era culpable. Aunque, también nos cuenta Wiesel, justo después de emitirla los tres religiosos se retiraron… a rezar.

Semejante paradoja rabínica se ve acrecentada, si cabe, entre los cristianos. Para ellos Dios no solo consiente el dolor de su prole, sino que Él mismo la padece, y en grado extenuante: tal es el significado del símbolo cristiano por excelencia, la cruz. La pregunta de “¿por qué nos dejó Dios sufrir?” se transforma así en “¿por qué sufrió Dios mismo?”; lo cual resulta especialmente inquietante si pensábamos en Dios solo como un bote salvavidas que nos librara de nuestros marasmos.

No creo que haga falta insistir mucho en la posición inusitada en que nos coloca todo esto. La sociedad que rodeaba al Pabellón de Cristal aquel domingo del debate Carrón-Cuartango, la que desde hace tiempo nos rodea a todos, ansía apaciguar nuestras aflicciones por diversas vías; no pienso solo en los entretenimientos o en las drogas, sino también en otras religiones, como el budismo, que reputan el sufrimiento como principal enemigo a suprimir. Frente a esa unanimidad el mensaje cristiano responde al ¿por qué? de nuestras angustias con un ¿por qué? aún más convulsivo.

Aunque quizá (y esto nos lo enseña también la filosofía) el mejor modo de superar una pregunta sea justamente plantearnos otra todavía más complicada.

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