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Dispara Nachtwey

James Nachtwey parece un tipo muy silencioso. Su tono de voz es como el murmullo de una oración. Es monocorde e hipnótico. Supongo que esto, el misterio, ha contribuido a alimentar su leyenda. Nos recuerdo, jóvenes estudiantes, boquiabiertos ante la película de aquel asceta del fotoperiodismo que, más que caminar, parecía que se deslizaba por paisajes de pesadilla. Christian Frei abre su documental sobre el fotógrafo, War Photographer, con un adagio de Robert Capa: “Si tus fotos no son suficientemente buenas es que no estás suficientemente cerca”. Nachtwey se arrima, dispara con objetivos no mayores de 50mm y si hoy en la profesión se habla de él como de un semidios es precisamente por su prodigiosa combinación de temeridad, intuición, precisión y misterio.

Su leyenda se puede resumir en una imagen: la de aquella escaramuza en Sudáfrica en 1994, con el tronco erguido, destacado sobre decenas de hombres tumbados cuerpo a tierra, y el rostro oculto tras la cámara. Había quien aseguraba, cegado sin duda por la mitomanía, que una bala atravesó el flequillo de Nachtwey cuando mataron a su compañero Ken Oosterbrook durante aquella refriega. Lo cierto es que estaba muy cerca. Siempre estuvo muy cerca y es esta cuestión relativa la que le convierte en excepcional. Él está y otros no.

Sobre sus disparos por tanto ya está todo dicho. El debate sobre Nachtwey comienza en la sala de revelado donde, de una forma sorprendentemente artesanal, aporta un velo estético al horror. Sus composiciones son ya pictóricas, las de un Van der Weyden. Con un retoque sobre la luz, el resultado es a veces hasta hermoso. Demasiado, quizás, para ser obra de un fotoperiodista.

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