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Doble vara

El día de su proclamación como alcaldesa, Ada Colau mandó instalar una pantalla gigante en la plaza de San Jaime para que el pueblo disfrutara del advenimiento de la democracia real, tras casi cuarenta años de alcaldes postfranquistas. Si convenimos en que el gobierno de un municipio es, sobre todo, una reflexión sobre el espacio público, Colau empezó por apropiárselo, o lo que es lo mismo, por cederlo en usufructo a sus huestes, que aquella tarde no cejaron en el abucheo a los regidores de PP, CiU, C’s y PSC. Jamás un acto de investidura se había parecido tanto a la retransmisión de un partido de fútbol, hooligans incluidos. De ahí, entre otras razones, que la denegación de la pantalla gigante a la Selección Española apeste a arbitrariedad. O que la distancia moral entre el Fraga de la calle es mía y la Colau de la calle es de lagente (valga el neologismo para preservar el sentido de las palabras, del mismo modo que Martín Caparrós habla de lacrónica para salvar el género) no sea del todo insalvable.

Hundir una ciudad no es fácil: la empresa requiere algo más que ese millón de pesetas que reclamaba Julio Camba para, en no más de quince años, hacer de Getafe una nación. No obstante, están por ver los efectos sobre Barcelona de cuatro años de colauismo o, peor aún, de pisarelismo. Hoy mismo, sin ir más lejos, el architeniente ha declarado, a propósito de la negativa de Colau a conmorar el 6D, que la Constitución está “vacía de contenido”. Cómo no evocar, ante ese vacío, el célebre aforismo de Lichtenberg, ese que dice que si un libro golpea una cabeza y suena a hueco, no siempre hay que preguntarse por el libro.

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