Enrique García-Máiquez

Dolor

Si no le corriese cierta prisa a The Objective, este artículo lo podría escribir mi hija a la perfección dentro de veinte años. Concurren en la niña dos tradiciones familiares sobre el dolor que se compensan y equilibran...

Opinión

Dolor
Foto: JAVIER BARBANCHO| Reuters
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

Si no le corriese cierta prisa a The Objective, este artículo lo podría escribir mi hija a la perfección dentro de veinte años. Concurren en la niña dos tradiciones familiares sobre el dolor que se compensan y equilibran. Por mi rama, tiene (tuvo) una tía tatarabuela que impuso que todas las tardes, cuando se rezaba el rosario en su casa de campo, se recitasen alternativamente los Misterios Gozosos y los Gloriosos, corriendo un tupido velo sobre los Dolorosos, a los que se resignaba sólo en Cuaresma, nada más que los días que tocaban y a instancias del imperativo litúrgico. Los sufría demasiado y, en la medida de sus posibilidades, prefería obviar la Pasión.

Por la familia de la madre, tan exquisita que dio en una consanguinidad de niveles habsurgueses, mi hija tuvo unos tíos tatarabuelos con una extraña enfermedad congénita. No sentían ningún tipo de dolor. Lo que podía parecer el paraíso del hedonismo les hizo vivir al borde de la tragedia. De pronto olían a quemado, qué raro, y era que los pies se les achicharraban en el brasero. Quedó claro en la familia desde entonces que el dolor es una de los principales dones de la vida, o de los más imprescindibles.

Mi hija tendrá, por tanto, una visión compensada, mucho más sabia que la mía, que se inclina, por la fuerza de la sangre, a rehuir el dolor a toda costa. Considero la invención de la anestesia uno de los momentos estelares de la humanidad y, entre mis aforismos favoritos, está el de Agustín de Hipona: “No es bueno sufrir, pero es bueno haber sufrido”.

Porque al dolor circunscrito al pasado sí le reconozco la gracia. Como trance (qué remedio) de maduración; como piedra de toque del valor, del amor, del honor y hasta del humor; e incluso como fuente —retrospectiva— de placer. Lo notó Sócrates al ser librado de sus grilletes: “Si no me hubiesen esposado tan brutalmente, no sentiría ahora tanto gusto”. Cuando le preguntaron qué era el placer, la baronesa Blixen, aquejada de penosas enfermedades, lo clavó: “La ausencia de dolor”.  Era una experta, y había dado con el analgésico universal: “Todas las penas pueden ser soportadas, si se meten en una historia”.

Así es: si el dolor tiene sentido, es pasajero, porque, en efecto, va de paso hacia un final o una meta. En el cristianismo, tan a la ligera acusado de macabro, es evidente. La Pasión se precipita hacia la Resurrección, el sacrificio a la redención, la mortificación a la santidad, la penitencia al perdón. Yo tendría que tener más claro que nadie que huir al dolor suele ser correr en sentido contrario; y buscarlo por sí mismo, paradójicamente, también. Hay apenas que aceptarlo, aunque un equilibrio tan exacto lo tendrán, ya digo, mucho más claro mis hijos que yo. (Espero que sólo en teoría.)

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