Beatriz Manjón

Dolor de multitud

«Tan preocupados estamos por no enfermar que enfermamos de preocupación; tan inquietos por arruinarnos que nos arruinamos de inquietud»

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Dolor de multitud
Foto: Emilio Naranjo| EFE
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

La cabeza de Laura es una secadora con zapatos dentro; también un compactador de basuras. A veces, sobre su ceja derecha, un finísimo tacón de aguja aplasta un cigarrillo como si bailara un twist. Tiene migraña con aura. Se la diagnosticaron en urgencias: veía borroso, le hormigueaba una mano y se le acorchó un lado de la cara. Creyó sufrir un ictus, pero resultó ser una crisis de estrés, como cuando de pequeña la ingresaron pensando que tenía apendicitis y era una indigestión por churros. «Nunca había tenido migraña, ni como excusa», cuenta mientras se fumiga el rostro con agua termal. Repite este gesto varias veces al día, como si quisiera matar las cucarachas que muerden sus mejillas rosáceas. No tolera la mascarilla más allá de unos minutos, así que apenas sale. Sin empleo ni prestación, Laura destripa el milhojas de sus miedos a lo Raymond Carver: «Miedo al pasado resucitando. / Miedo al presente echando a volar».

Uno de cada cinco españoles muestra síntomas de depresión y ansiedad, según un estudio de la Complutense. Tan preocupados estamos por no enfermar que enfermamos de preocupación; tan inquietos por arruinarnos que nos arruinamos de inquietud. No vendría mal que los telediarios, que son un Carrusel coronavírico en el que solo falta el «minuto y contagiado», acompañaran las noticias con un indicador de probabilidad de desánimo. Los psiquiatras auguran un aumento de un 20% de los cuadros depresivos, que pueden derivar en trastornos mentales y en autolisis, pero el plan nacional para la detección y prevención del suicidio se ha vuelto a aparcar, como si se pudiera aplazar la angustia. Los dolores pospuestos, igual que los amores aplazados, no nos dejan nunca. Hay dolores que se incuban silenciosamente durante meses y un día cualquiera asoman con la contracción de un recuerdo, una expectativa frustrada o la constatación de que el teléfono lleva demasiado tiempo sin chillar, como un niño muerto. Para los más indefensos, el coronavirus puede ser la gotícula que colme el vaso; ancianos, por ejemplo, que, entre la pena y la nada, escojan lo contrario que aquel personaje de Faulkner: la nada.

Se nos han ido los días de normalidad como a Tony Soprano se le fueron los patos, y como él seguimos con la mirada perdida en la piscina, por si vuelven. Se ha esfumado la ilusión de control de nuestras vidas y hemos caído en que somos experimentos de otros, ¡probetas en nuestra tierra! Decía Carlos Edmundo de Ory que lo terrible de la tristeza es que es particular. Pero no es mejor esta pandemia de tristeza con sus escalofríos de incertidumbre y sus toses de ansiedad, que es como un gato que no encuentra forma de acomodarse en las tripas. Menos mal que tenemos a los políticos para recomendarnos series, buceo, escalada o retomar el género epistolar, para entretenernos con teatrillos, chotis de banderas y organillos de diálogo. Mientras una España se muere de coronavirus, otra se muere de hambre, de miedo, de pena o de aburrimiento. Nadie puede negar que Pedro Sánchez gobierna en dolor de multitudes.

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