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Don Pedro en su rueda del hámster

Cuando el joven Sánchez era un niño, hace no tanto, estaba muy de moda animar a los padres que no quisieran tener perro en casa a comprar un hámster para que sus chavales aprendieran a cuidar de una mascota. Quizá don Pedro -el niño- tuvo hámster, o quizá sólo lo tuvieron sus amiguitos. Pero viendo su afán por hacer ejercicios acrobáticos en la “rueda del hámster” en la que han convertido la política española desde el 20 de diciembre parece evidente que quedó impactado. Quizá pasó horas viendo cómo su hámster tomaba velocidad en la rueda, cómo frenaba, cómo incluso caminaba hacia atrás, cómo subía y bajaba de su particular columpio… y cómo todos los niños se entretenían con las acrobacias del pequeño roedor.

El único problema, y éste no es pequeño, es que los españoles no somos niños y este juego diario en la “rueda del hámster” que día a día ha ido tomando forma ahora de rueda de prensa, luego de rueda de negociación, más tarde de rueda de prácticas parlamentarias… tiene todas las cualidades para desvelarse como lo que es: una rueda de reconocimiento de trileros. Y a eso hemos llegado. Porque al igual que por muy rápido que corra el hámster en su rueda sus posibilidades de moverse del sitio son exactamente cero, por muchos ejercicios acrobáticos que haga Sánchez, 90 seguirán siendo 90. Es cierto que había dos sumas que le habrían permitido llegar a la mayoría, las dos tenían sus costes y don Pedro prefirió las acrobacias.

Tenía y tiene costes, sin duda, aceptar la gran coalición que sigue proponiéndole Rajoy. La más obvia, y aparentemente inasumible para don Pedro, es que le exigía aceptar a Rajoy como presidente. Pero también implica el riesgo de desdibujar la tradicional posición del PSOE: desde la tranquilidad de ser la opción de Gobierno alternativo al Partido Popular a un inexplorado papel de socio crítico para un momento excepcional… aunque con una agenda de reformas que también debería ser excepcional. Esta puerta quizá tenga que abrirse a partir del 27 de junio porque un 21 de diciembre se clausuró con un radical portazo.

Pero también tiene costes -muy superiores y Sánchez lo sabe- forjar la suma múltiple con la fuerza nada herbívora de Podemos, que busca zamparse al PSOE después de cocinar el guiso con una variada guarnición de los más diversos grupos independentistas. Aunque don Pedro no quiera verlo, en el PSOE saben que ése sería el epitafio de su hegemonía dentro de la izquierda española y el destrozo definitivo del velo de partido nacional con el que aún se cubren los socialistas. Posiblemente por eso, el Comité Federal del PSOE cerró en enero la puerta a esta opción; es cierto que lo hizo con menos estruendo que el rotundo rechazo al PP, quizá porque los denominados barones socialistas gobiernan y han gobernado en muchos sitios con la alegre muchachada de este peculiar máster chef podemita.

Aún queda el último minuto del partido, con la última ronda de consultas que ha convocado el Rey. Acaba el tiempo de las acrobacias en la rueda del hámster. Es aparentemente imposible, pero don Pedro podría atreverse con la inexplorada senda de pactar un ambicioso programa de reformas con Rajoy, y también, si así lo quiere, con Rivera. El beneficio posible es que un pacto así permitiría afrontar amplias reformas que sin el acuerdo de los dos grandes partidos son, política y legalmente, inabarcables. Don Pedro sabe que, si opta por dejarlo para después del 26 de junio, podría ser otro el líder socialista que afronte ese reto. Empiezan a oírse nombres más allá del de Susana, y Sánchez, en esto, no puede estar muy sordo.

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