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Dopaje por exigencia

El asma es una enfermedad que afecta a las vías respiratorias. Según el último informe de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica, afecta a uno de cada diez españoles. El tratamiento más común para el asma es la inhalación de salbutamol, un medicamento del grupo de los broncodilatadores que relaja y abre las vías aéreas, facilitando la respiración. Esto es, exactamente lo que necesita un ciclista, un nadador o un fondista en momentos de máximo esfuerzo. La AMA (Agencia Mundial Antidoping) permite la ingesta de una cantidad determinada de salbutamol, pero para poder exceder ese límite sin que se considere dopaje es necesario un certificado médico que acredite un tratamiento que justifique su uso. Un certificado médico que indique, por ejemplo, que el deportista es asmático.

Del orden del 20% de los ciclistas son o han declarado formalmente ser asmáticos. Y en los Juegos Olímpicos de 2004, el 45% de los participantes en pruebas ciclistas declararon padecer dicha enfermedad, según datos de la revista Journal of Allergy and Clinical Inmunology. Y el 40% de los nadadores. Y el 30% de los fondistas. Caramba.

El dopaje ha vuelto a ser noticia por el positivo de la tenista Maria Sharapova, cuya foto encabeza este texto. La justicia deportiva dirá que hay de cierto en su caso, pero no puedo evitar pensar, ante este y muchos casos anteriores, si no estamos convirtiendo el dopaje en norma. Ante la frecuencia de casos, los centenares de subterfugios y enmascaradores de medicamentos que existen, y también la exigencia de las pruebas deportivas, cabe pensar si la mejor manera de luchar contra el dopaje no será reducir la dureza de la competición. Porque aunque el lema olímpico de Pierre de Coubertin dicte que se ha de ser “más rápido, más alto, más fuerte” –‘Citius, altius, fortius’-, no estaría de más añadir que debería de ser saludable. Mínimamente saludable.

Y cabe preguntarse si no es lo alocado de la competición, y no sólo la decisión del deportista, lo que conduce al dopaje. O a la búsqueda de subterfugios para doparse. Porque –recordemos- sólo uno de cada diez españoles son asmáticos, frente al 45% de los ciclistas que compitieron en Atenas 2004.

Y no hay más ciego que el que no quiere ver.

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