David Mejía

Dos debates sin gloria

No se habló de Europa, del Brexit, de cambio climático o de la robotización del empleo

Opinión

Dos debates sin gloria
Foto: Juanjo Martin
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Los debates electorales son a la política lo que los talent shows a la música: con algo más de ilusión que de talento, el candidato sale al escenario y suelta aquello que ha estado ensayando toda la semana frente a su parroquia. A ver si cuela.

Los políticos aprovechan toda intervención mediática para vender algo. No tienen interés en responder preguntas sino en colar sus mensajes, y por eso los entrevistadores suelen tener que arrinconarlos o sorprenderlos para obtener una respuesta directa, que casi siempre se produce por error. Si al político se le deja que hable, no contesta. Y eso fue lo que sucedió en el debate electoral que acogió RTVE: hubo cuatro mítines y alguna acusación cruzada, pero ninguna respuesta; seguramente, porque no hubo preguntas. La lección a aprender es que estos debates necesitan menos moderadores y más periodistas, menos bloques y más preguntas directas a cada candidato.

Afortunadamente, esto no implica que no podamos extraer algunas conclusiones, e incluso valorar el desempeño individual de los contendientes. Sí, el formato fue un fracaso, pero eso no es enteramente su responsabilidad.

A priori, el debate podía anticiparse como un duelo a dos al que Pedro Sánchez y Pablo Casado acudían con sus respectivos pajes, Iglesias y Rivera. Sin embargo, este último no se resignó a ejercer de escudero, y muy pronto lo vimos subido al caballo, armado y cargando a mil revoluciones contra un Sánchez con la capacidad de reacción de un estafermo. Las embestidas de Rivera sorprendieron a Sánchez, pero sirvieron, sobre todo, para paralizar a Casado. El joven dirigente del PP quedó desplazado, y ahí estuvo el mayor éxito de Rivera: se recolocó en el tablero electoral como alternativa a Sánchez, no como mera muleta del PP. Desgraciadamente, Iglesias no entró al ruedo; se mantuvo en su papel de lacayo, y sólo se apeó del burro para reivindicar una Constitución que otrora despreciaba.

Si de colocar mensajes se trataba, es indudable que el más exitoso en ese primer debate fue Albert Rivera. Logró contestar a la pregunta que, a buen seguro, muchos votantes del centro derecha se hace desde hace meses: ¿qué distingue a Cs del PP? Rivera invocó la imagen de Montoro y mostró la foto de Rato, habló de las diferencias entre el conservadurismo y el liberalismo, y trató de presentar un nuevo eje —lo nuevo frente a lo viejo— en que PP y PSOE comparten bloque. Son el pasado: paro, corrupción, recortes y clientelismo. Es un mensaje que no cuajó en 2015, pero es un movimiento hábil ahora que el mantra de «las tres derechas» está tan asentado. Rivera es un debatiente hábil y marrullero; saltaba a por todos los balones apoyándose en la espalda de quien fuera necesario. Su agilidad le benefició, pero no tanto como la mojigatería de Casado, la lentitud de Sánchez o la inexplicable somnolencia de Iglesias.

Si Rivera fue el líder de la oposición, Sánchez fue el presidente del Gobierno. No acertó con ningún golpe directo, pero se mantuvo en pie y escenificó, con la solidez que da el haberse vestido de presidente durante diez meses, que era el rival a desplazar. No hay nada más complicado de derribar a un estafermo. Sánchez sabía que no perder era una victoria y no arriesgó. No negó la posibilidad de indultar a los políticos nacionalistas, a pesar de la insistencia de Casado y Rivera, ni el improbable pacto con Ciudadanos ante la única pregunta ligeramente comprometida que le dirigió Iglesias.

El segundo debate, celebrado en Atresmedia, fue un buen ejemplo la política del espectáculo, o del espectáculo de la política, si prefieren. Fue algo más organizado, gracias a las intervenciones de los moderadores que hicieron más preguntas directas e incluso se atrevían interrumpir, aunque no lo suficiente: los candidatos, particularmente el presidente Sánchez, rehuían algunas preguntas para colocar lo que traían preparado.

Albert Rivera podría haberse permitido más calma, tanto en la exposición de propuestas como en la discusión. ¿Por qué tantos gadgets? Tiene motivos para pedir a explicaciones a Sánchez por todo lo que rodea su dudosa tesis doctoral, pero abordar un tema tan serio, como la honorabilidad académica del presidente del Gobierno, no puede hacerse de manera tan zafia y, sobre todo, tan superficial: le plantó el libro encima del atril y ahí se quedó. Lo mismo se podría decir del incierto master de Pablo Casado, que nadie mencionó. Sánchez, por su parte, le regaló el libro de Abascal y Sánchez Dragó, para rematar el ridículo de la escena. El histrionismo de Rivera, sus entradas al corte, son efectivas para robar foco, pero dudo que le procuren nuevas simpatías.

A Pablo Iglesias, de nuevo, hay que agradecerle que comenzara sus intervenciones con llamadas al respeto y a la educación. Su templanza fue un bálsamo en un debate atropellado y mezquino. Sin embargo, esta actitud de moderador reveló, de nuevo, que Pablo Iglesias no se presenta a presidente del Gobierno, pero fue creciendo a medida que avanzó el debate, presentando sus ideas con contundencia y sin descender al lodo en que forcejeaban sus tres contrincantes. Por su parte, Pablo Casado sí asomo, y esta vez no rehuyó el cuerpo a cuerpo con Sánchez. Abusó de las cifras, que aburren en este tipo de espectáculos, pero fue más certero que el día anterior, aunque, de nuevo, languideció por momentos ante el arrollador ritmo de Rivera.

El espectáculo alcanzó su punto más bajo al abordar el tema de la violencia contra las mujeres. Se confirma que no existe en España un político que aborde con la seriedad necesaria esta cuestión. Ni de violencia sexual, ni de violencia de género se habla con el rigor esperable. En este punto se demuestra que los candidatos tocan de oído, asumiendo como verdaderos los mantras que circulan en las redes y algunos medios. El debate había empezado a decaer poco antes, cuando se habló de eutanasia, de suicidio asistido —aunque este sintagma no se mencionó— y de muerte digna. De algo carece nuestra clase política, porque es incapaz de abordar con solvencia y humanidad temas moralmente controvertidos como este, como la gestación subrogada e incluso el aborto.

De otros temas cruciales ni siquiera se habló. Muchos votantes se quedarían esperando un discurso carismático, que demostrara liderazgo en este mundo, cada vez más cambiante. No se habló de Europa, del Brexit, de cambio climático o de la robotización del empleo. Además, se rehuyeron verdades por interés electoral, como la evidencia de que los que están en riesgo no son los pensionistas, sino los precarios, mayoritariamente, los jóvenes.

Sería un placer poder dedicar unas líneas al debate de ideas, pero no hubo ninguna de las dos cosas. Propuestas, pocas. Parrafadas prefabricadas, demasiadas. Ya lo decían Les Luthiers, «esto sonaría mejor con una buena orquesta». Los tres candidatos sobre la arena —Iglesias, como decíamos, se quedó en el burladero— aspiraban a crear una impresión más que articular propuestas. Quizá es lo inteligente; puede que sea más importante concentrarse en despertar emociones que en proponer acciones de gobierno, y si la emoción que buscaban era la vergüenza ajena, el éxito es incuestionable.

Es difícil no sentir cierto desasosiego. Estos cuatro jóvenes son el presente y futuro de la política española. Ya decía Cantinflas, por citar a un autor a la altura de las circunstancias: «No sospecho de nadie, pero desconfío de todos».

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