Daniel Capó

Dos preguntas

"Toda creación necesita ser completada en el tiempo, por lo cual debemos contemplarnos a la luz del fruto, que es la cuestión del mañana. ¿Adónde vas? ¿Adónde te diriges?"

Opinión

Dos preguntas
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Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? Estas dos preguntas, que apuntan hacia las raíces y el origen pero también hacia el futuro y la esperanza, resumen buena parte de la historia de la humanidad. Por la filiación, los hombres somos radicalmente dependientes de los demás; por la paternidad, engendramos un fruto, damos vida y, de este modo, abrimos horizontes nuevos y desconocidos. A fin de cuentas, son las dos cuestiones fundamentales a las que debemos intentar responder una y otra vez, aunque sea de un modo más o menos inconsciente.

Pensemos en nuestro país. La pregunta por su origen se pierde en la noche de los siglos: la Hispania de los romanos –sin duda–, la impronta cristiana de Santiago apóstol, la Spania visigótica, el espíritu cruzado de la Reconquista. Los tintes legendarios se entremezclan con las evidencias arqueológicas, pero lo segundo importa seguramente menos que lo primero, ya que las palabras sustentan la identidad más que los hechos. En clave contemporánea, se diría que la España moderna surge en Cádiz, desembocando tras muchas vicisitudes en la Constitución del 78 y en nuestras actuales libertades. Tiene sentido: la pregunta por el origen equivale a preguntarnos por nuestros múltiples orígenes. Toda creación necesita ser completada en el tiempo, por lo cual debemos contemplarnos a la luz del fruto, que es la cuestión del mañana. ¿Adónde vas? ¿Adónde te diriges?

Hace apenas dos décadas, la respuesta hubiera sido obvia: nos dirigimos a Europa. O, lo que es lo mismo, a la modernidad y sus beneficios. Hoy, la respuesta no resulta tan sencilla. Ni aquí ni allá. ¿De qué Europa hablamos? ¿Y de qué modernidad: la tecnócrata y burocrática, la populista profundamente iliberal, la que ha fracasado en su salto a la revolución tecnológica que vivimos ahora, la que ha abdicado de la carga cognitiva en la educación sustituyéndola por un mejunje sentimental y psicologista? ¿Hablamos de la Europa de Nadia Calviño –o de Luis Garicano–, ligeramente afrancesada y abiertamente cosmopolita en su horizonte, o de la Europa de la ira con la que sueña Pablo Iglesias? A saber, porque si los orígenes son confusos, los fines en este momento también lo son. En realidad, no sabemos ni de dónde venimos –la nación es un concepto discutido y discutible, que diría Zapatero– ni adónde vamos. Pero, como en un arco de tensión, ambos extremos resultan imprescindibles.

Un último ejemplo, la economía. Rota fiscalmente, con fracturas sociales abiertas en forma de empleo y riqueza, endeudada y sin proyecto. ¿Sabemos lo que hicimos mal? ¿Sabemos hacia dónde nos dirigimos? ¿Sabemos qué reformas hay que abordar y quién estará dispuesto a hacerlas? ¿Y nos han educado para comprender la realidad mutante y acelerada en la que estamos inmersos? Que cada uno elabore su respuesta, porque pistas hay más que suficientes.

 

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