Roberto Herrscher

Dos voces resuenan en los Alpes

Entre los 150 muertos del Airbus A340 de Germanwings, dos cantantes de ópera. Tal vez para los pocos habitantes de esos pueblitos de montaña en los Alpes franceses resuenen entrelazados los lamentos de estas dos voces profundas y trágicas.

Opinión

Dos voces resuenan en los Alpes
Roberto Herrscher

Roberto Herrscher

Periodista, licenciado en sociología y profesor universitario. Master en Periodismo por la Universidad de Columbia y posgrado del Instituto para el Desarrollo de Periodismo Internacional de Berlín (IIJB), reside en Barcelona, donde dirige el Master de Periodismo BCNY.

Entre los 150 muertos del Airbus A340 de Germanwings, dos cantantes de ópera. Tal vez para los pocos habitantes de esos pueblitos de montaña en los Alpes franceses resuenen entrelazados los lamentos de estas dos voces profundas y trágicas.

En las desoladas laderas alpinas se pueden escuchar ya las voces de dos jóvenes cantantes de ópera. Sus cuerpos se hallan esparcidos, perdidos en aquellas escarpadas soledades, pero sus maravillosas voces, desprovistas ya de envoltorio terrestre, se mueven con las ventiscas y los copos de nieve.

María Radner era una contralto alemana de 27 años, cuya carrera estaba despegando. Grandes directores como Zubin Mehta, Christian Thielemann, Simon Rattle y Antonio Pappano la eligieron para cantar sobre todo en las óperas de Richard Wagner.

Su rol preferido, el último que representó en el Liceu de Barcelona dos días antes del vuelo fatal, es el de Erda, la diosa madre de las valkirias, encarnación de las fuerzas de la naturaleza y la sabiduría. La voz de Radner era grave, vigorosa, expresiva al máximo. Conmueve ver hoy en Youtube una muestra de su arte en la canción Morgen, un melancólico adiós a la vida de Richard Strauss.

Se estaba preparando para debutar este verano en el Festival de Bayreuth, la meca del canto wagneriano. Volaba a Dusseldoff con su esposo y su bebé. Seguramente, entre atender al niño y conversar con su compañero de vida, debía estar estudiando una partitura desplegada sobre la mesita del asiento.

Quién sabe si por delante o por detrás en el avión volaba su compañero de reparto Oleg Bryjak, un bajo-barítono de Kazajstán también especializado en Wagner. Oleg, de 54 años, también venía de cantar Sigfrido. Su papel, en el que había ya descollado en Berlín, Londres, Salzburgo y Baden Baden, era el del malvado Alberlich, el nibelungo que roba el oro a las doncellas del Rin y se hace confeccionar el célebre anillo.

Bryjak tenía una apostura viril, una ironía inteligente en la cara redonda y barbuda, una voz bruñida como una campana de bronce, la apostura de un adorable villano. ¿Estaría él también repasando sus próximos papeles, tomando agua, tal vez leyendo un libro en esos últimos minutos sobre las cumbres nevadas?

Entre los 150 muertos del Airbus A340 de Germanwings, dos cantantes de ópera. Los teatros que los tenían contratados deben buscar a nuevos intérpretes. Pero tal vez para los pocos habitantes de esos pueblitos de montaña en los Alpes franceses resuenen entrelazados, por las noches y entre las melodías del viento, los lamentos de estas dos voces profundas y trágicas.

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