Álvaro del Castaño

Dream

«Cada nueva mañana otorga de nuevo el privilegio de ser feliz y hacer feliz a los demás, es una puerta abierta a la sorpresa, a la libertad, al aprendizaje, al perdón, a la creación, al amor y al optimismo»

Opinión

Dream
Foto: Lee Scott| Unsplash
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

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Abro pesadamente los ojos. Mis párpados se desperezan mientras creo escuchar la música de McEnroe entre dos luces, dejándome mecer por su Rayo de Luz. Dulce melodía, me habla al oído en un cálido código secreto que alimenta mis áreas desconocidas. Canturreo –rayo de luz… que puede alumbrar– pero no escucho mi voz.

Si existe el tiempo, ahora discurre especialmente despacio, plácido, serpenteante, sin el tic y sin el tac. Mientras el tiempo permanece, la luz del amanecer atraviesa rompiendo las dudas de la mañana a través de las tenues rendijas de la persiana. La luz, primera hija de la creación, ligero resplandor, disipa las sombras de mi conciencia. Escucho a los pajaritos romper el silencio del alba ¿Me cantan a mí, solamente a mí? Los pájaros son clarines entre los cañaverales que le dan los buenos días al sol de Dios cuando sale (Fernán Caballero), me recuerdo a duras penas. Con toda la inocencia de la naturaleza, las aves carecen de un plan y de toda maldad, sus plumas solamente cobijan un único instinto, el de celebrar un nuevo día. La creación, la luz, siempre con Dios a cuestas. Con Dios te acuestas y con Dios te levantas.

Estoy solo en el mundo, temporalmente. Me estremezco. Afuera, el aire fresco que ha bajado de la sierra de Guadarrama acaricia las superficies, inoculando en la materia orgánica con la humedad del rocío. Ese viento generoso da vida sin pedir nada a cambio, recordándoles a todos que son parte de un gran plan. Agua, luz, vida, consciencia e instinto: todos somos parte del todo, no te puedes escapar.

En paralelo, detrás de la música y mezclada con la banda sonora de mi vida, siento la respiración rítmica y acompasada de mi mujer. Está sumida en el último de los sueños, agarrada tranquilamente al fin de la noche. Son los estertores del los luceros del alba. Ella emite sin saberlo un son de Paz, una determinada y deliciosa frecuencia onírica de felicidad, una melodía de calma que reciben con alegría los poros de mi piel. Es un código Morse que descifro sin esfuerzo, aún sin tener las claves de su misteriosa encriptación.

Mi mente se despierta y empieza a estar alerta. Luego comienza a vagar por el vacío del universo. Evita posarse en los lugares conocidos, en esos vicios mentales incúbitos que torturan mis pensamientos pandémicos: las nubes negras de nuestros días multiplicados por la estulticia dominante. El peligro acecha, y el temible lobo siempre asoma el hocico por el horizonte. El miedo. Una descarga eléctrica tonifica mis músculos y descarga adrenalina en mi flujo sanguíneo de manera inútil e innecesaria. Gasto superfluo, flash de estrés. Autoprotección innecesaria que desgasta mi organismo y desequilibra mi psique. Oigo el aullido del lobo que busca arruinar la Paz del flujo vital que me inunda, y por eso me reconduzco con disciplina. Vuelvo mis pensamientos al milagro de la creación: hoy es un nuevo día. Me obligo a recordar que nunca antes hubo un día igual y que mañana se repetirá el mismo milagro. Día tras día. Lo desolador y cruel es que la mayoría de la gente lo ignora, viven al margen de este hecho extraordinario, y sobreviven bajo el acecho del lobo. Voluntariamente deciden ignorar el secreto más básico de la naturaleza: cada día es una nueva oportunidad. Cada nueva mañana otorga de nuevo el privilegio de ser feliz y hacer feliz a los demás, es una puerta abierta a la sorpresa, a la libertad, al aprendizaje, al perdón, a la creación, al amor y al optimismo.

Rayo de Luz, iluminas ahora con claridad mis ideas. Eres un haz, un fogonazo. Mis pensamientos surgen como un géiser, claro, limpio y espontáneo. McEnroe, hablas de amor filial, hablas de amor en general, hablas de esperanza, hablas de fidelidad y hablas de felicidad. Hablas de romper con las barreras. Sin embargo yo sé que, aunque oigo esta letra, lo que escucho es otra cosa. Mis sentidos interpretan el mensaje lírico según tenga sintonizadas mis antenas sensoriales en ese preciso instante. Mi alma opta por recibir una variante del mensaje, un hilo de esperanza, un halo de lucha, que se ha grabado últimamente en mi disco duro. Es la máxima que guía ahora mis amaneceres: no tenemos derecho al pesimismo (Antonio Garrigues Walker).

Únete, y abre las ventanas para ver amanecer.

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