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Duelo en la etiqueta

Foto: ELOY ALONSO | Reuters

Los muertos nos han hablado. Cada año, la tierra pasa junto a su morada, en algún punto de la órbita terrestre que coincide con el 1 de noviembre. El tiempo de difuntos es como la primavera. Un lugar. Un lugar astronómico que varía en función de la velocidad de la tierra, de la posición exacta del sol. Un espacio-tiempo con portal hacia el interior, en el que vemos con más claridad las formas que habitan en nuestra conciencia. Es la zona en la que se nos permite, como quien cruza la frontera de la consciencia, hablar de los muertos, mencionarlos sin resultar pesados con el dolor, o el llanto, o el recuerdo de batallas sencillas.

Por estas fechas, resurgen los artículos sobre literatura “del duelo” y las listas de libros que tratan sobre el tema, como si el duelo fuera un género literario. Yo no creo que sea un género, o no exactamente. Esa etiqueta “duelo”, no es el nombre de un género unificador, para atraer al lector a aquello que le gusta: “novela negra”, “novela histórica”, sino el cartel de una advertencia. “Novela de duelo” significa: si entra usted aquí, lector, le hablarán de los muertos. Y el lector, entonces, se aleja, porque imagina su propio dolor y cree que va a revivir la cara oculta del corazón, o tiene miedo cerval, instintivo, y basta. Nada hará que camine por esa vereda. Ante las palabras “literatura del duelo”, solo un lector iniciado, valeroso o motivado, abre la puerta con advertencia que es la tapa de un libro.

Por eso no me gusta la etiqueta de “duelo” como género. ¿Por qué decir “duelo”? ¿Acaso a Hamlet la etiquetamos como una “obra de duelo”? Y no es otra cosa. Es la locura del hijo que ha perdido a su padre y que siente lo que se siente en el duelo. Desesperación, normalidad, alejamiento, irrealidad. Es, en mi opinión, el texto de duelo por antonomasia, en las visiones del espíritu que se le aparece, en su búsqueda de venganza y de mantener al padre vivo en su espada, en su alteración mental, en la escena de la calavera de Yorik, pobre Yorik, que lo cargaba a hombros, en su debatirse suicida del ser o no ser, ¿para qué ser si vamos a morir, si somos cadáveres andantes? Qué absurdo es esto de la muerte… y la de Ofelia, que enloquece con la misma pasión que una mujer de hoy día a la muerte de su padre o de su madre, o una Virginia Woolf, y se suicida porque vive dos locuras, la del desamor y la de la pérdida. Y no decimos que es duelo, aunque en Hamlet no puede haber más duelo psicoanalizable en sus páginas. Decimos que es, simplemente, Shakespeare.

Claro que también puedo estar muy equivocada en mi percepción. Quizá sea necesaria la advertencia, “va usted a entrar en una zona de duelo…, esa bandera roja para que solo se adentren por algunos libros extraordinarios los sabios receptores de palabras.

Sea como sea, la advertencia, el etiquetaje, representa el tabú social que muchos de esos autores, precisamente, quieren destruir dando a conocer su visión de lo que se genera en sus mentes tras la muerte, que no es más que el retrato poético e intrigado de la vida que nos queda. ¿Pero qué es el duelo?

En este mal llamado género, hay libros muy distintos. Tan distintos como sus muertos. Libros que nada tienen que ver a veces con el duelo real, el que se produce semanas después de un fallecimiento. Un proceso largo de aceptación, de reconstrucción, de curación. En estos libros, el autor está en conexión, pulsión directa, con sus emociones animales y como él es eso, autor, encuentra formas de expresión inusuales, nuevas conexiones y significados y se produce lo que ocurre cuando se renueva el lenguaje y el simbolismo de palabras corrientes como “arena” o “voz” o “sangre”. Se produce poesía. El autor, el artista, habla de lo que ve por dentro, un universo desconocido y brillante, para el que no existe un lenguaje coloquial, o prosaico. El autor ha de encontrar las palabras, inventarlas, recolocarlas, sacarlas de su uso habitual y se producen explosiones literarias.

No, no son libros “de duelo”. Son obras poéticas, filosóficas, íntimas, extrovertidas, simples, también, de frases fascinadas por su propia capacidad de desgarro o desafecto, amor o desprendimiento, de pura rutina vital. Son vida desde el golpe de todo lo que se había comprendido mal hasta la llegada de la pérdida.

Yo siempre me pregunto lo mismo. ¿Cómo se explica el duelo? El duelo no se puede explicar igual que no podemos explicar la Gioconda. Sería absurdo decirle a alguien: es el retrato de una mujer que mira hacia el pintor como si no quisiera sonreír, pero que tampoco desea estar muy seria y caer antipática. Tiene el pelo largo y a la espalda hay un paisaje que parece que no le corresponde”. Sería absurdo narrar el arte para arrancar la misma emoción visual de una composición. Igual que es absurdo narrar la emoción del miedo o de la fe o del vértigo o del sabor a vainilla a quien nunca los haya sentido. Y como es absurdo, es literatura. El duelo, yo creo, es, en realidad, una de las formas del amor. El duelo es pensar cosas raras, asomados a un día de noviembre, y escribirlas:

“Recorro tu taller. Palos de golf, tornillos, sierras. Soy la única persona en el mundo que conoce los nombres. Los lugares. Los antiguos propietarios de cada herramienta y los mercadillos donde regateaste con aquel hombre barbudo, esa señora obesa, la viuda de algún jubilado optimista. Si no hubiera nadie, si estuviéramos muertos, las plantas no serían ni “las plantas”. Nada tendría nombre. Los perros serían salvajes y los gatos no tendrían calles. ¿Qué quedará de tus cosas cuando ya no esté yo para nombrarlas?

Las cosas de un muerto.

Las imagino solas, como extraños estorbos sin palabras.

¿Cuánto tarda un objeto en perder un cuerpo?

¿Cuándo dejará esta sábana de llevar la forma de aquellos días? El mar todo lo aguanta, pero los hombres somos barcos de cristal. Pasadas fortunas sobre la mesa, que hoy caben en el bolsillo. Nunca más. Palabras dichas mil veces que no tuvieron el más mínimo significado hasta hoy. Y hoy, de repente, estallan en mí las palabras más tristes. Las palabras ausentes. La oscuridad está sobre el pecho. Sobre mí. No me envuelve, como en las malas novelas. Me aplasta. Ya nada me envuelve, ni esta sábana que no ha cambiado. Que no ha cambiado, y precisamente por eso, no me envuelve y me quema, porque es la misma sábana nuestra de aquellos sueños entrelazados”.

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