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E-lecciones sin bipartidismo

Iremos, oh pastor, a unas nuevas elecciones: parece que es ya, por plazos y legislaciones vigentes, inevitable. Si el bipartidismo en España siempre ha resultado un moderado fracaso que a todos convenía en mayor o menor medida, la fragmentación de su nombre en mil taifas de la soberanía popular ha resultado el germen de una distopía en la jamás creímos. ¿Será que el problema de nuestra historia somos los que en ella partes formamos o es que aún arrendamos nuestros males a las ingenierías y los andamios de nuestro sistema político y nuestra ley electoral con esa actitud tan párvula como cobarde? La culpa, del otro. Llegados a este punto conviene recordar que el fin del bipartidismo llegó sin modificar ley electoral alguna. Sí, el problema va a ser el sistema. Obvio.

Con la muerte del bipartidismo hemos llegado a conclusión desconcertante, simple y demagoga: la discutible necesidad de los gobiernos. Uno en funciones, cuatro meses y, más allá de los titulares de la prensa, nadie lo ha echado en falta. Nuestro gobierno, digo. Pero eso no es todo, en estos cuatro meses aún han pasado cosas no menos asombrosas: el desembarco de los Papeles de Panamá, la dimisión de un ministro, los chantajes de los justicieros a plena luz y los primeros pasitos de “los nuevos partidos”.

Si algo nos han enseñado estos cuatro meses son los asomo la patita por la puerta de cada uno. La de los nuevos por encima de la del resto. Esos ciudadanos o esos podemos a los que no les tiembla el puso a la hora de pactar con aquellos que acusaron de bacterias que regenerar en un caso y casta que denostar, en el otro. Y mientras tanto, esa Moncloa que espera, aunque no tanto como nosotros. Los que asistimos a estas (e)lecciones, frustrantes, imposibles de olvidar, de un adiós al bipartidismo.

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